EROTIZANDO LO AJENO Y LO PROPIO 

Llevo días mirando hacia dentro y hacia fuera. Llevo días preguntándome que me pertenece y es genuinamente mío y, por el contrario, lo que es introyectado hasta el punto de fundirse con cada célula de mi cuerpo. Llevo años viéndome en el espejo y, quizás ahora, quizás sólo ahora entiendo que mucho de lo que veo no es escogido. O lo que es lo mismo, que no es habitado desde la libertad y el asilo de la autonomía y la autoestima construidas por la mismisidad que decía nuestra gran Marcela Lagarde.  

Puede, además, que siquiera pensarlo me revuelva el estómago y me acelere el pulso, o me de dolor de cabeza y me pellizque el corazón. Puede, que sea la conexión más profunda y seductiva que anhela el encuentro con una otra todavía desconocida.

Una hecha de retales biográficos ajenos, de recuerdos carentes de amor, aunque llenos de cuidados y afectos, compuesta de piezas que cuesta encajar y que cohabitan forzadas a permanecer conectadas. 

“No me gusta lo que veo en el espejo al mirarme” me decían con voz firme y grave esta semana. “No se trata de algo superficial y estético, no me gusta la mujer que veo en el reflejo”. No pude por menos que quedarme seria y quebrarme por dentro al instante. El tiempo que vengo observando y mapeando lo propio de lo ajeno me llevó a entender, de algún modo, lo que aquella mujer me quiso decir serena, calmada.

Pareciese que, pese a lo que mi escepticismo me llevó a suponer, ella respiraba alcanzada por algún tipo de certeza, sin vivir lejos de la felicidad, sino todo lo contrario. Ese sentir y pensar la acercaba más a ella y a una identidad menos troquelada y aprendida que la de hace unos años. 

Como desnudando la vulnerabilidad más feroz, aquellos ojos azules me impulsaron a reflexionar en alto y a desprenderme de lo que ha llegado por la vía de la creencia, los valores, las vivencias, y sus comportamientos asociados que rezuman machismo y patriarcado. Una combinación perfecta estructurada a lo largo de los milenios y con la que colonizar cuerpos, deseos y fantasías. Invadiendo la tierra fértil, marchitando la vida y consiguiendo que sólo nos veamos como objetos capaces de despertar las pasiones más bajas y lúbricas o, los pensamientos más enloquecedores por perversos y luciferinos. 

Y, si en algún momento de la historia hemos dejado ese espacio ha sido para sentir placer y deseo vehiculado por otras personas. Dando las gracias, impostando la sonrisa frente a un piropo no solícito, por la valoración ajena de nuestro potencial sexual. Si somos deseables, tenemos éxito; y este triunfo se identifica con nosotras por encima de nuestra propia capacidad de deseo, desalineada – casi siempre – en un sistema heteronormativo.

Porque, hacerlo es subversivo en tanto y en cuanto desafía lo aprendido y a la violencia a la que nos supedita el deseo ajeno. Sí, mercantilización, cosificación, u otras agresiones nos hacen temer el anhelo íntimo. 

Consecuencias que tergiversan de dónde nace lo erótico. “Se llama cosificación o se llama empoderamiento, depende del ojo de quien mire y de las ideas que pongamos sobre la mesa” que dice Ana Requena en Intensas. Y prosigue con las siguientes preguntas que yo os traslado:

 “¿Dónde está la línea entonces entre que decidir vestirse así – se refiere a hacerlo con un body de lentejuelas como Chanel en Eurovisión – es cosificarse y seguir señalando y clasificando a las mujeres por su aspecto y ropa? ¿Qué posibilidad nos queda a las mujeres de redefinirnos como nos dé la gana? ¿Qué opciones tenemos de vestir sexi y conseguir el carné de empoderada?” 

A esto, la propia Ana se cuestiona la posibilidad de redefinir lo sexi; y yo añado, lo erótico. Lo que hemos convertido de un estímulo neutro a uno con potencial erótico. El imaginario patriarcal lo atraviesa casi todo, e influye en lo que deseas, a quién deseas o qué pensamientos activan tu deseo. Lo que hace realmente complejo desentrañar lo que nace de una y lo que ha llegado de la mano de una cultura judeo-cristina, por ejemplo. Por suerte, el feminismo – una vez más fronterizas – ayuda a este quitarse la máscara y a romper con ese quedarse en la vida eterna de la ambivalencia.

A construir, como dice Laura Cámara:

“nuestra propia narrativa de deseo: saber expresar dónde se encuentra, qué nos mueve y cómo revelarlo” “(…) Construyamos un deseo a lo largo de nuestra vida que no esté supeditado a prescripciones. Un deseo cambiante que reta a la socialización de género. Un deseo libre en cuanto al contenido y forma. Libres de poder expresarlo y callarlo. Libres de poder construirlo y deconstruir. Un deseo libre de pasividad con el que podamos ser no solo responsivas y objetos de deseo, sino activas. Y, sobre todo, un deseo libre de juicios y de cargas ajenas, que no sólo se protege y se quede en la retaguardia, sino que vaya de abanderado. En primera fila. Tuyo y propio”. 

Y Leyre, podréis preguntarme:

¿Qué tiene que ver el feminismo para todo esto?

Pues el feminismo es la estructura que hace posible nuestro conocimiento, el conocimiento de nuestro cuerpo, de nuestra vivencia como mujeres sexuales. La base de nuestros disfrute y goce, de la ruptura del silencio y el estigma. La fuente de la que emana la revolución que nos acercó el voto, a la píldora anticonceptiva, a la posibilidad de abortar o, dejar de despatologizar cada momento vital. En definitiva, la mirada estratégica para poder tratarnos con más compasión ante la permanencia en la sumisión de forma pasiva o activa. 

Me quiero referir a no culparnos por visualizar pornografía y penalizar esa excitación rápida y fácil que concreta una respuesta y un imaginario sexual, nuestras fantasías y, nuestra erótica en general. Y a este respecto, las mujeres nos enunciamos llegando a fantasear con situaciones de violación. Fantasías que, por salirse de lo normativo están mal vistas y sirven, además, para juzgarnos nosotras mismas.

Bueno, pues uno de mis objetivos hoy con estas líneas es que, si te ha pasado o te sucede, entendamos el porqué. Que seamos capaces de medir de alguna forma cuales son los efectos de vivir sumergidas en el abuso material y simbólico. A parte de deshacer el binomio placer con el dolor o, el peligro con la violencia. 

Inicialmente, podemos decir que no es “anormal” que nos estimule una idea abstracta de impotencia y subyugación cuando, como resultado de una crianza sin una educación sexual integral con perspectiva de género no ha podido contrarrestarse lo que ha llenado el silencio y la pornografía.

Asimismo, recordemos que fantasear es colocar ideas inventadas en la cabeza con las que nosotras decidimos lo que ocurre en nuestro alrededor, y que, se entreteje con lo sexual, lo erótico y el placer. Un terreno que no está asociado a la voluntariedad y el deseo real de que suceda. Son un estímulo interno que podemos conformar y que, al mismo, tiempo está influido por lo que hemos conseguido convertir en excitante. 

Y está claro, a estas alturas de la película reconocemos que nos han enseñado a ser frágiles, sumisas, carentes de poder…haciendo de estas características atributos elegibles y que, por ende, nos hacen querer integrarlos en nosotras para ser “las escogidas». Es más, como nos apunta con perspicacia Mona Chollet en Reinventar el Amor:

 “Femenino significa a menudo << constreñido, reducido, limitado en la expresión de sus capacidades>>”. A lo que el filósofo Paul B. Preciado nos pide: “Quisiera que empezásemos a mirar políticamente nuestros gustos” algo que podemos entender sin profundizar demasiado en el calado del reclamo. 

No será que el universo de lo erótico, hegemónico de los hombres y permeado por la violencia que permite ejercer privilegios diversos, la que provoca que asimilemos en una fantasía ser dominadas como algo sexualmente satisfactorio.

Ahora bien, he aquí de nuevo el feminismo y la libertad sexual que nos facilita para también incluir la capacidad de imaginar sin coacciones morales ni autocensura respecto al consentimiento, la igualdad o la dominación. Crear un relato erótico propio implica ser crítica y también permitirse descubrir y explorar sin boicots para encontrar una satisfacción mucho más personal que patriarcal. 

También son nuestras las fantasías que conforman los dispositivos de poder, deseando lo que ellos quieran que deseemos. El hombre controla los significados del sexo, los imaginarios de lo erotizable…siendo muy complejo construir significados distintos al orgasmo, a la masturbación, la belleza o el modelo de seducción. Véase refiriéndonos a que los encuentro eróticos “completos” tienen que incluir un orgasmo, que este es clitoriano o vaginal en nosotras, que las mujeres somos más lentas para excitarnos o, que lo seducible es joven, lozano y bello necesariamente. Spoiler: TODO ES UNA MENTIRA NORMATIVA represora. 

Resumiendo – de nuevo Mona Chollet – “una mujer que existe ante todo por su personalidad, con su universo, sus proyectos, sus opiniones, sus éxitos, corre el riesgo a asustar a los hombres. Pero una mujer que corresponde a las fantasías masculinas, que existe amorosa y socialmente ante todo por su belleza, corre el riesgo de ser zarandeada por el deseo de los hombres, con la inseguridad permanente y devoradora que eso implica. Corre el riesgo de no encontrar una posición lo bastante sólida para desarrollar su autoestima y el sentimiento de su propia identidad”.

Cuando despertamos, nacen las posibilidades para conseguir saber quiénes somos. Cuando despertamos el goce se convierte en una realidad y, el placer, en nuestro centro gravitacional. Cuando despertamos la mirada cambia, el feminismo acompaña y ayuda a empoderarse rescatando capacidades como base de cambio. Cuando despertamos, el dolor no desaparece, pero, abre el camino al amor más auténtico hacia nosotras mismas. 

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