El placer de conocer(te).

Creo que una de las pruebas más vertiginosas de la vida se ha traducido en descubrir mi propia voz, sí. Y, cada vez que me atrevo a esbozar unas líneas de acceso público, más lo siento. A la vez, es más que posible que a vosotras también os resuene esto en cuerpo y mente, ya que, la carencia y la “otredad” desde la que crecemos en este sistema patriarcal, capitalista y neoliberal, propicia la mirada hacia fuera más que hacia dentro demasiadas veces.

Quizás, de hecho, os sintáis reconocidas en un proceso análogo en tiempos pasados, o presentes. Además, me resisto a reapropiarme de él y decir “análogo al mío” porque me atraviesa la idea de que es más sistémico que un antojo personal.

Encontrar(me) conmigo misma es toda una proeza que se ha ido potenciando a medida que he ido resolviendo algunas cuestiones que daban respuesta a quién era. Cuestión que me recuerda a la misma Alejandra Pizarnik cuando dijo que no hay nada más intenso que el terror de perder la propia identidad (brutal). Y, es que, no saber quiénes somos – qué sentimos, qué queremos, qué pensamos – perdiendo el contacto con nuestra propia voz, como nos añade María Fornet en “Feminismo Terapéutico”, cuanto menos es angustioso. En esta obra, la psicóloga nos propone un viaje alucinante para intentar conseguir este objetivo a través de la autoconciencia y el autoconocimiento como vías para manifestar esa voz en el mundo. Todo un reto.

Desde ya, puedo asegurarte de que precisa la capacidad de escucharnos, de apagar los ruidos internos y externos que nos desvían del objetivo principal y, quedarnos en el ahora. Soy consciente de lo tremendamente difícil que es, de la locura que puede dibujarse frente a ti el parar cuando nos hemos convertido en máquinas productivas y prescindibles a tener de la plusvalía que suponemos.

Pero, y si te dijera, que ese ritmo acelerado, ansioso y tremendamente agotador es lo que te aleja de ti. Es posible que resoples y digas: “Menudas luces Leyre, ¡claro que lo sé!, pero ¿cómo lo hago de otro modo?” O, puede que ni siquiera te lo hayas planteado (SPOILER: sea cual sea la circunstancia, tienes toda la razón).

Y, es que, no es tan fácil. El contexto de cada una de nosotras condiciona hasta el hecho más original que propicia detenerse a cuestionar el foco del problema. Por eso, la motivación no es que nos sintamos peor, sino acercarte una vía distinta por la que conectar contigo, con nosotras, para que sea menos distópico y más utópico eso de la introspección. ¿Se te ocurre cuál puede ser ese camino que te une a tu piel y te mantiene en el cuerpo? Y si te digo que nos hace gozar y nos libera de la tensión y el estrés… ¿He oído orgasmo?… casi, más superlativo todavía… el PLACER, sí.

Esa es la estrategia, porque hay que tenerlas queridas, cual Judit Polgar en el ajedrez. Planteo que resignifiquemos lo que nos han vendido que debe ser ese disfrute, y mucho más para nosotras.

Tenemos huellas de generaciones históricas que nos han enseñado a ser para otros; que no tenemos deseo; que somos frágiles, dependientes, sumisas y nada agresivas… es decir, muchas falacias que nos arrojan a merced de un sistema exigente que mezcla este placer con la insatisfacción, el cansancio y el sufrimiento.

Hoy en día, nos han convencido del pack completo: encontrar la pareja perfecta, tener una profesión, dedicarnos atención más allá de los hijos, un cuerpo espectacular… Más o menos, lo que nos resume así Virginie Despentes en su Teoría King- Kong:

“Porque el ideal de la mujer blanca, seductora pero no puta, bien casada pero no a la sombra, que trabaja pero sin demasiado éxito para no aplastar a su hombre, delgada pero no obsesionada con la alimentación, que parece indefinidamente joven pero sin dejarse desfigurar por la cirugía estética, madre realizada pero no desbordada por los pañales y por las tareas del colegio, buena ama de casa pero no sirvienta, cultivada pero menos que un hombre, esta mujer blanca, feliz que nos ponen delante de los ojos, esa a la que deberíamos hacer el esfuerzo de parecernos (…) nunca me la he encontrado en ninguna parte. Es posible incluso que no exista”.

En definitiva, descontento permanente. Un mar de contradicciones en el que nos vemos bloqueadas y que ataca directamente a nuestra capacidad de sentir placer. Un estar que nos desvincula del cuerpo real para poder mantener el ritmo o, incluso, si lo llevamos al consciente causa vergüenza por no cumplir los cánones sociales. Tanto es así que, como nos explica Mireia Darder en “Nacidas para el placer”, “el deseo y el placer son previos a la conciencia, son previos al lenguaje y a la palabra. En algo que tenemos o poseemos solo por el hecho de ser humanos. Únicamente a través de la mente y de nuestras creencias podemos bloquearlo y no percibirlo”

Qué mejor ejemplo para esto que los bebés, ¿no os parece? Sin embargo, todos los requisitos exigidos boicotean esta capacidad innata.

La supremacía de la racionalidad nos separa de nuestro templo, alejándonos del placer en todas sus versiones.

El pacer de cuidarnos, el placer de leer con un buen desayuno, el placer de una comida casera, el placer de un paseo consciente, el placer de los afectos: caricias, besos, abrazos… El placer de lo íntimo, de conectar con nuestra vulnerabilidad, con nuestro yo más esencial. Sí, lo sé, poder hacer esto también es una cuestión de privilegios, pero, saber qué necesitamos y poder dárnoslo debería ser un básico del bienestar individual de cada una de nosotras. Ya que, ahondar hasta ese punto te ayuda a encontrar tu propia historia, tu voz.

Te vincula a tus pasiones y valores en la vida que, cuál brújula interior te guían para desarrollar acciones concretas que te llevan a vivir en coherencia y acorde a ellos, dando paso a una sensación de plenitud. Direcciones vitales elegidas, deseadas y construidas verbalmente. Por ese motivo, es tan, tan importante vivir presentes, sensar cada centímetro de nosotras.

Empezar a conocer que es lo que nos gusta como mujeres es, sencillamente, plantarle cara a una estructura que nos aliena de nuestra verdadera capacidad de goce. La misma que nos mantiene mucho más irreverentes y menos controladas, la misma que tenemos que conquistar por nuestros propios méritos si luego queremos morir del gusto con otras.

Desde la raíz podemos afirmar que nos hemos olvidado del cuerpo como fuente primigenia del placer, prestándole sólo atención en tanto y cuanto lo moldeamos y domesticamos para comprometerlo como objeto de deseo y validación de los demás. Cuando el cuerpo vibra literalmente, por ejemplo, al masturbarnos -sí, lo he dicho, MASTURBACIÓN – el mundo sea quiebra en dos, la energía se derrama y te conectas con el universo entero.

Sientes que eres capaz de cualquier cosa y sólo importa el instante, la sensación, la contracción, el calambre. Por qué no lo incluimos como estrategia para liberarnos, para abrir el cuerpo, para crear nuevos caminos que permitan escuchar esa voz (si te sientes cómoda, claro).

Y, para todo esto, necesitamos una vez más despatologizar la vivencia femenina en toda su extensión, es más, autorizarla. Esto es, integrar la perspectiva de género, la mirada que integre lo personal con lo político como ampliaba ya Germeine Greer,

«Lo personal sigue siendo político. La feminista del nuevo milenio no puede dejar de ser consciente de que la opresión se ejerce en y a través de sus relaciones más íntimas, empezando por la más íntima de todas: la relación con el propio cuerpo». Colocarnos las gafas violetas nos hace comprender de qué estamos construidas y buscar como revelarnos ante los recurrentes mandatos que matan suave y lento cual veneno.

“Vencer el miedo es atreverse a transitar por un espacio desconocido, a romper hábitos y a mantener actitudes distintas de las que has tenido hasta el momento. Vencer el miedo es abrirse a lo amoroso, a la cooperación y a la integración en lugar de a la competencia, la desigualdad y la relación perpetrador-víctima que nuestra cultura patriarcal propicia. Se trata de atreverse a entrar en un lugar en que el amor nos abre aun plano superior de conciencia. Es perder el miedo a gozar” recuerda de nuevo Mireia Darder. Perder el miedo, claro, pero también perder la vergüenza a ser señalada, a soltar el control, a ver hasta dónde podemos llegar, a no ser quienes creíamos y renunciar a la seguridad del disfraz, DISENTIR.

Placer, como sinónimo de presencia, pero no de obligación para ser una versión metamejorada 2.0, no. Placer como estrategia para (des)aprender y como vía para conformar un lenguaje nuevo que permita narrativas más emancipadoras, ya que, el mapa que se dibuja con sus localizaciones nos permite explorar y saber, auto-conocernos, aceptar y, por supuesto, equivocarnos. Si no nos atrevemos a usar nuestra voz y explorar ese proyecto, abandonar esa relación, hacer las maletas y largarte, es muy complejo que podamos alzarla, sobreponerla, agarrarla y utilizarla.

Fronterizas, nuestro contexto está diseñado para que sintamos como peligrosos vernos de verdad, para que saber quiénes somos y qué queremos sea accesorio, pura banalidad en un mundo al que sólo le importa nuestro aspecto y servilismo. Creo que ha llegado el momento de plantearse el motivo de que existan tantas distracciones que nos deslumbren sin dejaros ver la luz que nace de dentro.

Hemos venido a disfrutar, a gozar la vida. No lo olvides. La revolución empieza con tu placer.

Deja una respuesta

MUCHO MÁS DESDE LA TRINCHERA