Desear el Placer.

Las vivencias recientes me desdoblan entre el goce y la frustración. La primera, devenida del (re)descubrir el placer de compartir(nos) desde la exposición de la vulnerabilidad al impacto de gustos y placeres, ternuras y afectos. La segunda, que existimos desde el sentir de que nada de esto nos pertenece, que nos es ajeno y, escindible. Me refiero a la carencia de argumentos en nuestras vidas de lo que queremos, dónde lo queremos y cómo lo queremos. Sin utilizar el deseo a nuestro favor, ofreciéndolo inconsciente, sin más, a la utilidad del sistema.  

La escritora afroamericana y feminista Audre Lorde, decía que si encontrábamos el placer sería complejo aceptar otras alternativas. Concretamente exponía:

“Cuando una mujer ha probado el verdadero erotismo, el verdadero gozo, el verdadero poder de hacer las cosas por sí misma, difícilmente le podrán vender cualquier cosa diciéndole que eso es placer”.

Y que razón más esencial. Consigue conectar sus palabras a la vibración de unas entrañas palpitantes al ritmo de la vida en modo mujer. Siendo dueñas de nuestro propio deseo. Uno, cuya raíz sea meramente egoísta y no el que se enreda con los “deberías” o “tendrías”. 

Claro, si particularmente hablamos de deseo erótico, o lo que a veces escuchamos como libido, es aún más habitual que veamos nuestro anhelo como algo accesorio y prescindible. Algo susceptible de algún tipo de fecha de caducidad que siempre ha llegado unido a lo inadecuado o, pecaminoso. Además, como yo lo veo, pareciese que nosotras, si en algún momento nos hemos enunciado desde la agencia del goce transgrediendo lo esperado, esto nos procura una devolución peyorativa unida a calificativos como “guarra”, pudiéndose ampliar a “zorra, puta o, ninfómana” (entenderme la ironía).  

Esto, sumado a la hiperproductividad de una sociedad diseñada para el trabajo y el consumo sin tiempo y energía para nada más y, a las expectativas más pesadas de género, añade cuidados, cánones de belleza imposibles o, el ser y estar para otros siempre.

O, lo que es lo mismo, una solución perfecta para que mirar hacia nuestros cuerpos y sus alegrías sea autoboicoteado por una culpa milenaria que nos asalta al franquear valores y creencias adquiridas sin criterio en un contexto patriarcal. Un entorno que penaliza nuestros impulsos hedónicos de búsqueda, exploración o, creatividad.

En definitiva, se extingue la capacidad para el placer o el deseo, cosas que forman parte de nuestra esencia. 

¿Cómo nos vamos a ver en la autoridad de desear algo? ¿Cómo vamos a desear sexualmente hablando?  

De todas formas, partamos de la base de que, aunque el deseo no ha ser impuesto, entender que visibilizar estas presiones/condiciones estructurales que nos coloca el patriarcado a las mujeres, es tremendamente sanador. Para que, a partir de ahí, cada una haga y deshaga lo que le salga del útero. Me explico.

Os resuena la “presión por tener que ser deseables”, “presión por tener que desear”, presión, por lo contrario, “por tener que desear, pero no demasiado”, “presión por tener que llegar al orgasmo en cada encuentro erótico” o, “presión por tener que ser multiorgásmica”. Si, ¿verdad? Y, ¿no os parece demasiado peso en la mochila? 

Por otro lado, dentro de la futilidad del deseo interiorizada por nosotras, muchas veces comprendemos que el deseo viene determinado como un impulso espontáneo, inevitable y sin remedio. Viene o no viene. No se puede nutrir, ni alterar, ni buscar. Algo básicamente fisiológico mediatizado por las hormonas “sexuales” que, sea dicho de paso, pareciese que nosotras si podemos “controlar” cuando surge, a diferencia de los hombres (spoiler: mentira, ellos también pueden). Como si sólo fuera mera biología.

Pero ese deseo –como nuestro ser – implica a más componentes muy importantes: sí, desde esa parte biológica hasta una emocional, afectiva o cognitiva y, también, la influencia social y cultural del ambiente, como ya hemos expuesto. 

Además, al vincularse con algo tan “orgánico”, es frecuente comprender el sexo como una necesidad de las reconocidas como homeostáticas, las que responden a las necesidades vitales del organismo (ej. beber o comer). Y, no es así. No es una necesidad que provoque la muerte si no se ve colmada. Es más bien una necesidad incentiva, aquellas mediadas por el placer y que son una motivación en sí mismas.

Lo recuerdo, porque, muchas mujeres solemos sentir aún una especie de débito conyugal” 2.0 que hace que, una sexualidad masculinizada como es la que impera en nuestro modelo actual, justifique premisas como que “ellos desean más” o, “ellos lo necesitan”

Decía mi abuela, “para muestra un botón” y, exponer este reduccionismo del deseo sólo maximiza el oscurantismo que se cierne sobre la sexualidad de las mujeres. Castigada, menospreciada y, hasta patologizada para que sea mucho más perverso mostrarla. Hemos nacido para el placer, pero enseñadas a no desear.  

De modo que, la que exprese su deseo queda fuera de la “norma” y, por tanto, se verá penalizada por ostentar un poder que no la pertenece. El resultado, aprendemos a tener miedo o vergüenza, a sentirnos susceptibles de violencia. 

Mireia Darder, Luana Salvadó y Eugènia Galifa en “Mujer, Deseo y Placer”, reflexionan como nos afecta este temor:

“al privar a la mujer de su deseo, el acto sexual se convierte en una obligación, en una moneda de cambio e, incluso, en un acto de guerra. Y así, la esencia de muchas mujeres es violada cuando la sociedad las empuja a tener relaciones sexuales sin deseo, sin ganas (…) porque lo que se valora de una mujer no es su deseo sino su virginidad y su pureza”. 

Es decir, el marco de referencia educacional hace que nademos entre la frigidez y la ninfomanía mencionaba, que aprendamos a controlarnos y saber cómo expresarnos. Y con ello, por ejemplo, que veamos las fantasías o construir una erótica propia, como algo inapropiado. 

El resumen de todo se puede concretizar en una emoción, miedo. Miedo a explorar nuestros cuerpos, a nuestros genitales (no es infrecuente que muchas de nosotras no pudiéramos discernir entre varias a nuestra propia vulva, tal cual -pregúntatelo-). Miedo a la violencia, a las infecciones de transmisión genital, a los embarazos no deseados, al dolor…es muy complejo desear cuando el sexo nos enfrenta a esto, a nuestros temores; que encima, no son personales, sino sociales.

Desear, ese anhelo de lo que desconoces, del encuentro compartido, de lo que puede llegar a ser y, el goce que puede crearse, se desarticula, se queda lejos de ser acción performativa  en primera persona. 

De hecho, nos identificamos más bien con objetos que despiertan pasiones y pensamientos más profundos. Con los que diferentes productos culturales nos han ayudado a reconocernos tanto, que, para implementar otro imaginario sea inapelable un acto de revolución que subvierta los discursos y el simbolismo de nuestra existencia.

Dejar de encontrar nuestro valor, nuestra autoestima, fuera de la mirada externa es la clave para hacerlo, para reconducir nuestras vidas destinadas al sufrimiento y a la resignación más religiosos. Entendiendo que ser mujeres es despejar nuestra existencia de la infinitud del después. 

Tener la oportunidad de conversar con más mujeres y cruzar realidades, sólo me confirma estas palabras y reflexiones que os comparto.

Invitándome, a la vez, a iniciar un proceso de reparación y justicia en el que podamos volver a tener o, vivenciar por primera vez, la oportunidad de tener momentos donde el placer sea el único objetivo a perseguir, porque lo valemos y lo merecemos. Porque el placer también es fuente de salud: placer físico, psíquico, intelectual, lúdico, emocional o contemplativo. ¿Se te ocurre alguno más? 

Se trata de reconectar con nuestro cuerpo, integrando su disfrute en el día a día, en cada posibilidad que se plantee. Comiendo tu plato favorito; dando esos paseos por el parque que tan bien te sientan tan a menudo como puedas; bailando; viendo una peli que te emociona o leyendo un libro del que te habían hablado muy bien; escuchando música y solamente eso, escuchándola. O, conectando con el placer más íntimo, con una misma o con otras descubriendo las sensaciones que puede ofrecerte cada centímetro de tu extensa piel. Sea como sea, pero, gózalo. 

Ya hemos compartido lo inhabitables que se vuelven nuestras vidas en muchos momentos, lo alejadas que estamos de nuestros sentires y pensares porque nos han enseñado a dejarlos en un cajón para cuando haya exceso de tiempo o, lo común de la normalización de la violencia en nuestras rutinas. Tanto que no podemos distinguirlo, tanto que cuando se suaviza un poco, nos sentimos que merece la pena seguir así “a pesar de”… ¡ains! por aquí no vamos bien fronterizas. Pero, tranquilas, tenemos muchas posibilidades de cambiarlo. 

Como siempre, me alejo de cualquier mirada que no sea interseccional y tenga en cuenta, por ende, las diferentes opresiones que sufrimos: ser mujer, la cultura, la discapacidad, la violencia, la ausencia de recursos económicos, la salud… múltiples factores que conforman nuestros contextos y que no debemos olvidar lo que condicionan que podamos alinear mente y cuerpo para vivir el momento presente y sentir placer o, incluso, sentirnos en la capacidad de poder hacerlo.

De ahí la compasión y la paciencia, la calma para encontrar los caminos, para cuidarnos individual y colectivamente. 

Con la autoridad de desearlos, de desear placer sin ser las criaturas más «egoístas». Con la convicción de que nos pertenece y forma parte de nuestras identidades, bajando al cuerpo lo que nuestra mente es capaz de imaginar o, dando permiso a la mente de proyectar otra forma de habitar nuestros cuerpos. 

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