UNA «NARRATIVA INVISIBLE» SOBRE LA SEXUALIDAD.

“Por mucho que nuestros padres y nuestras madres nos cuenten, nos preparen el camino, nos den pistas del rastro para ver el pájaro que se intuye desde la rama, pero que no se ve. Y no se ve porque tardamos en aprender a mirar, en reposar la vista y el tacto en los márgenes, en caer en la cuenta de que tras los marquitos que cuelgan en las casas de nuestras abuelas y nuestras madres hay una belleza incómoda, un dolor, una historia, una genealogía latente, pendiente de que la rescatemos y la hagamos nuestra. Una genealogía a la que pertenecer y en la que reconocerse” (María Sánchez).

Una “narrativa invisible” que nos construye y completa en esta ardua tarea del ser, del verse a una misma. Una narración que comparten e hilvanan aquellas mujeres con voces silentes, perdidas entre hombres y sombras que, habitaron y resistieron antes que nosotras. Y, de forma casi imperceptible, hemos llevado cosida a la piel sin percatarnos siquiera desde que nos abrimos al mundo.

Así describe María Sánchezobviando mi parafraseo -, tan delicada como salvajemente le facilitan sus palabras en “Tierra de mujeres. Una mirada íntima y familiar al mundo rura lo que es para ella esa narrativa invisible. Una construcción hecha de miradas, afectos, cuidados, ausencias, semillas, tierra y raíces que fue capaz de desentrañar gracias a las mujeres de su vida y al feminismo. Historias de las que estamos formadas de principio a fin y de las que, sin saber muy bien por qué, un día, recibimos la invitación a su palpitar, a su desentrañamiento.

Decía Efigenio Amezúa, por otra arista de la vida, y de quién emana la sexología contemporánea de nuestro país, que somos sexo, que sexo es lo que somos. Y no puedo por menos que unir estos dos conceptos – y algunos otros más adelante-, para empezar a dar forma a mi propia narrativa invisible que se fragua en la cabeza para, después, facilitar suavemente ser destilada por las manos que empuñan una escritura compartida desde la incertidumbre y el deseo.

Cuando me pregunto cómo vivo mi sexualidad, o reflexiono si es cómo la anhelo vivenciar, es inevitable recurrir a la biografía sexuada, a mi narrativa invisible, al “¿de dónde venimos? Y… ¿de qué estamos hechas?”. A las personas, los modelos, a las creencias, a las conductas que guían las interaccionamos y encuentros con otras en vínculos, torsiones, expansiones y enfrentamientos que van componiéndonos. A los pedacitos que han ido colocándose como en un castillo de naipes y que viajan entre lo esencial y lo heredado. A lo que nos ha marcado ese rastro para ver el pájaro que decía María, que nos ha guiado en nuestro ser sexuado.

Me interpelo de forma recurrente con estos interrogantes, procuro traer al consciente esta literatura que narra quién soy y cómo vivo mi sexo y su sexualidad, en mis modos y peculiaridades. Y, es que, si no atendemos a nuestro bagaje, si no miramos a esos marquitos que cuelgan de las paredes y que contienen parte de nuestra existencia, en uno u otro sentido… ¿Cómo podemos liberar, enunciar, gozar, emancipar nuestros propios relatos sobre la sexualidad?

¿Cómo podemos vivir nuestro sexo siendo a través de la literatura contada por otros que llegan de fuera y cuentan sólo lo que “debería de ser”, lo que les interesa?

Es bien sabido para todas, por siglos de profunda y hostil experiencia, de religioso pecado, de inferioridad deseante prescrita al dictado de la ciencia androcéntrica, que, si no elaboramos nuestra identidad, si no nos narramos, el sistema llegará para rellenar ese hueco, ese vacío. Se ocupará de introyectar limitaciones y normalidades alejadas del conocimiento de nosotras mismas, de la inter-eco-dependencia con los demás, a la afectación gracias a la que somos, vulnerables en verdad.

Sin observación crítica, feminista, comunitaria e informada se interpondrán, una y otra vez, los mismos discursos hegemónicos que nos olvidan, a nosotras y a nuestros cuerpos, placeres y deseos. Centrándose en las prácticas, distanciándose del simbolismo de la erótica, significando lo que está bien y lo que está mal, lo permitido y lo inadmisible, a la puta y a la santa, a la eterna dicotomía.

Gracias a ampliar la mirada, a utilizar la utopía como motor de avance, nos sumergimos de lleno en esa genealogía de mujeres que tuvieron su propia narración de lo íntimo, de liberación sexual, su propia narrativa de lo invisible. La que podemos rescatar gracias a ejercicios de arqueología discursiva como el que nos argumenta Elena Lázaro Real, que traen a flote otras versiones. De hecho, nos descubren las motivaciones, la organización social, la capacidad cognitiva, creativa y emocional de las que vivieron el paso a una modernidad aún llena de tabúes sobre lo sexual.

Nos referimos a escritoras, activistas, actrices o periodistas que moldean una Historia de la Sexualidad enraizada, no a la práctica de los hombres, sino a un incipiente feminismo en España. Para todo ello, esta comunicadora ha “escarbado” en las ideologías emancipatorias de clase como el anarquismo o el socialismo ubicándolas a ellas, a Teresa Mané, a Concepción Gimeno de Flaquer, a Hildegart Rodríguez o, a nuestra Pardo Bazán en un mapa común. Mujeres que han explorado, creado y compartido teorías y “prácticas” revolucionarias para sus épocas (finales del S.XIX, principios del S.XX).

«¿Qué he encontrado? En cuanto a prácticas sexuales, que evidentemente las tatarabuelas se lo montaban igual que nosotras: como podían. Es mentira que las mujeres fueran como ese retrato que nos ha llegado, ángeles del hogar, frígidas cuyo único interés en el sexo era tener hijos. (…) En la práctica las mujeres eran más libres de lo que se nos ha podido hacer creer; otra cosa es que fueran conscientes y militaran en la conciencia de su derecho al deseo y al placer», subraya la investigadora.

Teresa Mañé, autora anarquista, «introduce el discurso más potente sobre la libertad sexual». Sus palabras se acercan muchísimo al derecho de las mujeres al placer, del amor libre, de la maternidad y la liberación de la culpa. Se impregna de la naturalidad del deseo femenino que suponía para su pensamiento político.

Concepción Gimeno, desde el catolicismo y su discurso feminista liberal, reivindica la castidad, «el derecho a no practicar sexo para no convertirte en una esclava de tu marido y tener cincuenta hijos». Contribuye a la independencia de la mujer gracias al “autocontrol” devenido de su abstinencia e intelectualidad, «Dejen de ser floreros para sus maridos, métanse menos en la cama», decía.

Pardo Bazán aparece tras títulos como “Insolación”, obras desbordantes de reivindicaciones sobre la sexualidad de las mujeres, encarnando en ella misma, además, el mejor ejemplo práctico de esa expansión de las pasiones y las letras. Emilia llega a nosotras, no sólo como una literata virtuosa, sino como una fiel defensora del placer físico e intelectual, una mujer sexualmente liberada, que se casó, se separó y se echó de amante a Benito Pérez Galdós, con quien compartiría una historia de amor epistolar permeada de todos sus deseos.

Por otro lado, Elena Lázaro Real nos acerca lo extraordinario de la “figura fundamental” de Hildegart Rodríguez Carballeira -niña prodigio-. Feminista de vanguardia que, en las líneas socialistas, defendía la educación sexual, el control de natalidad, la esterilidad y el divorcio… Incluso, en 1932 cofundó la Liga Española para la Reforma Sexual sobre Bases Científicas junto con el célebre médico y científico Gregorio Marañón.

Historias todas de mujeres que escribieron su propio relato; ese, que durante mucho tiempo han permanecido en los márgenes, lejos de nuestras vidas, en lo oculto. Cuando, como bien explica de forma apasionante María Sánchez sobre el medio rural, es ahí donde acontece “lo radical y lo realmente innovador”. Sí, no he perdido la cabeza, llevo un rato hablando de sexualidad y pensando en el olvido del campo y sus mujeres. Pero, creo, que ambas han sido borradas del mapa porque la única cara y la única voz que es visible, como apunta de nuevo María S., es la de los hombres.

Efectivamente, esta lectura, este ensayo intimista, me ha hecho viajar a la raíz de ambas cuestiones. Al origen, a la imposición de una y al paternalismo y borrado sobre otras – algo intercambiable-. La sexualidad, como las mujeres en el medio rural, no necesitan “una literatura que las rescate”, no precisan discursos universales que cuenten como “tienen” que ser o vivirse. Esa historiografía sobrevenida deja fuera muchas, muchas realidades que están sucediendo y ocupando cuerpos que no precisan permiso. Esas palabras no representan qué o quiénes son con honestidad.

Es por eso que necesitamos un feminismo rural en tanto y cuanto necesitamos una sexología feminista que pueda abrazar la diversidad de modos, peculiaridades y factores que conforman una biografía que, si además es rural, siempre será sexuada. Es inimaginable saber lo que significa ser mujer en el medio rural, lo complejo que es dibujarse bajo la ceguera de tu existencia, la invisibilización de tu esfuerzo, tus cuidados, afectos, trabajos… y amplio la reivindicación a su sexualidad…y la negación de sus placeres.

 

Así, con el único afán de dibujarnos completas, he cogido aguja e hilo y he empezado a coser. Gracias María por esas hebras, por este libro; gracias por la conciencia; gracias por ensanchar mi feminismo; gracias por invitarme a pensar y ser más justa; gracias por llenar vacíos y sinsentidos. Gracias por hacerme pensar en que, si esto no es con todas juntas, no merece la pena.

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