CANSADA, ese es uno de los sentires más intensos, más tangibles en la mente y el cuerpo. A la vez, la voz abandona la carne mientras quiebra grave y áspera. El corazón palpita presuroso del caminar acelerado y constante, también del salto y el júbilo compañeros. La sangre recorre rápido cada parte llenando de rubor y calor la piel tersa del gozo y la rabia. Las mismas energías que me aíslan del contratiempo, del exceso de horas de trabajo o, no poder estar donde quiero.
La jornada del 8M llegó para dejarme abatida tras su encuentro. Sacudida de asombro y admiración por la fuerza del movimiento, nublada y espesa por la resaca emocional y cognitiva. Impactada por la suma de fuerzas y el grito unísono que desgarraba los pechos. Estoy feliz de haber estado y compartido cada aliento en estos días previos, más lo que aún está por venir. Pero, algo me dice que debo recalibrar los esfuerzos.
A medida que la vida ha ido atravesando los años, el feminismo me ha ido devorando por dentro.
De hecho, siempre que recuerdo mi primer contacto con él, retorna intacto el recuerdo de cómo sostuve un libro de Virginia Woolf entre los dedos. Aún lo veo. Un libro de tapas duras y rosas, con olor a nuevo. Había visto una serie de televisión en la que esta obra se abría paso entre la costumbre y el folclore recio de un país como el nuestro, España, aún tierno en “democracia” y derechos – más aún para una mitad del pueblo -. Su aparición podía haber caído en saco roto que dice el refranero, pero, no, no lo hizo. Fue la simiente de estas palabras, de estos sentimientos.
He pasado mucho desde entonces. La sociedad también se ha transformado desde las líneas de aquella “Habitación propia”, aunque, a veces, una decaiga porque no pareciese un acierto. El caso es que desde aquellos lodos mi mirada es otra, y, reconozco mejor lo original de lo troquelado. Sí, de lo burdamente, otras no tanto, manipulado a favor sólo de unos cuantos. Unos que no se ven o sienten así mimos como “los privilegiados” o, más bien, no les interesa hacerlo.
¿Por qué iban a verse así si vivir en la confianza perpetua, la admiración consciente, la visibilidad sempiterna que abraza y abriga en la más recia de las tormentas es seguridad y permanencia?
Yo, sin embargo, empecé a encontrar sentido en mis malestares, a comprender la historia desde otra parte más oculta, turbia, tanto por designio divino como humano. Daba igual donde colocara mi creencia, si en el cielo o la tierra, ya que las fuentes, que no eran otras que figuras masculinas, me habían borrado el rostro, mi placer, mi cuerpo y mi derecho, todo. Y, cuando la carencia te precede, la búsqueda se convierte, con buena dirección, en un motor de avance y desarrollo que he procurado no soltar desde entonces. Lo que al tiempo si no, puede desviarse traducido en asfixia por el anhelo enfermizo de una presencia que “rellene” esos huecos en nombre del miedo, la dependencia y la cerrazón.
Hoy la conciencia está aún más prendida, hoy los motivos son más y más profundos, lo que, sin darme apenas cuenta me ha dejado así, CANSADA. Intentar dormir y no hacer nada han sido mis aliados, aunque, en honor a la verdad productiva de este capital, me cuesta y mucho. Nos han enseñado a tener valor haciendo muchas cosas, y casi todas para otras; ni siquiera parar un poco alivia la presión en la cabeza. De ahí, estas líneas, de ahí estas reflexiones en alto que lanzo a la deriva en busca de más compañeras que sé que también naufragan en esta amalgama de actos, charlas y encuentros maravillosos que copan nuestras agendas.
Pero, no puedo parar de preguntarme…
¿Dónde está en ello la conciliación, por ejemplo, para que muchas mamás puedan asistir a estos eventos? ¿Dónde queda la trascendencia de la conciencia feminista a poner la vida en el centro y no poner nuestra vida en ello? ¿Dónde queda la carrera presurosa, ese llegar a todo? ¿Dónde la energía comprometida en el debate y que resta para estar ahí e ir a la “mani”?
Sí, ese día en el que deseas fuerte unir tu voz en alto a otras, en el que cantas, te abrazas, reivindicas y luchas por los pedazos que aún nos quedan por unir. Por los derechos obtenidos, por los que están por disfrutarse, por la diversidad, por la eliminación de la violencia por el mero hecho de ser quienes somos. Mujeres.
¿Dónde quedan?¿Dónde quedan las mujeres? CANSADAS.
Cansadas al no poder llegar a todo con la perversión hecha doble y triple jornada. Cansadas de tener que justificar acciones y pañuelos morados.
Cansadas de los señores que siguen criticando los avances del feminismo. Cansadas de los mismos que se creen que saben más que tú de sus principios y bases y, no cesan hasta la consecución de sus objetivos. Cansadas de los días de los hombres y la libertad neoliberal para ello. Cansadas de la ausencia de alquileres asequibles para la vida. Cansadas de la LGTBIQ+fobia. Cansadas de las violencias diversas, de tener que ser las víctimas perfectas para ser creíbles. Cansadas de seguir resistiendo.
Ha sido un sentir compartido que este año deja un poso en el cuerpo y la necesidad de encontrar un eco que devuelva respuestas. Y, es que la RESISTENCIA de cada una ante cualquier forma de agresión tiene su precio, de ahí, la clara relevancia de caminar unidas a pesar de las divergencias, y repartir el peso. Con esto no querría construir un relato de hartazgo y futilidad que nos haga perder el foco y la ilusión, no. Sólo intento ampliar el horizonte sobre cómo hacer que el feminismo siga recuperando fuerzas ante la resistencia propia y ajena.
Y, en ese ensanchar y ampliar las fronteras, crece la satisfacción por los pasos dados, por los nuevos presentes y futuros que se yerguen enraizados al compromiso con nosotras mismas. Al cultivo del deseo y amor propios, regenerando tejidos, inherentes y colectivos. Conformando cada vez más discursos, más relatos que dibujan lugares que nos pertenezcan en los modos, matices y peculiaridades que queremos. Que sacudan la carne en el goce y el placer, en la libertad de explorar y saber quiénes somos, resultado del uso del derecho vital y sustantivo.
Enunciarnos desde el anhelo, las ganas de vivir nuestro sexo y sus devenires. Sus contradicciones insertas en la posibilidad de expresar límites con libertad, marcando hasta dónde queremos vivenciar, cómo o cuándo hacerlo. Hablar del placer o su ausencia desde la relevancia primordial para nuestra salud. Considerar nuestra interdependencia y conformar desde ahí estrategias colectivas de reconocimiento y sostén. Cada día, cada momento es necesario filtrarlo a través de esas gafas violetas que nos muestran la realidad de un abuso milenario y estructural que puede restituirse.
La tarea es mayúscula, y lo no lo voy a negar. Es la consecuencia que nace del CANSANCIO y la RESISTENCIA como orogenia del agotamiento, meta del enemigo que aprieta y aprieta hasta que cesamos en los intentos por revertir el orden impuesto. Una jerarquía que nos quiere serviles y agradables, siempre dispuestas al éxito masculino. Preparadas para ser la regidora de los males foráneos y no la gestora de los nuestros. Carga mental, ansiedad, depresión o fibromialgia como algunas consecuencias de perpetuar la obediencia y el vapuleo. Se acabó.
“Se acabó el genocidio, el patriarcado y los privilegios”. Se acabó resistir olvidando nuestra vulnerabilidad, se acabó soportar los insultos, la duda constante, la falta de consentimiento. Se acabó poner buena cara y bajar el tono de voz cuando dicen que sino molesto. Se acabó. Se acabó “olvidarse” de los abortos en los hospitales públicos, de la brecha salarial o los suelos pegajosos. Se acabó.
Se acabó porque estamos CANSADAS de tanta machistada, de tanta llenarnos los meses de marzo de flores, recuerdos, honores y acciones que se pierdan durante el año. Necesitamos más RESISTENCIA a base de cuidar y priorizar también a las amigas. Necesitamos más RESISTENCIA al conocer nuestro cuerpo y masturbarnos si nos parece. Más RESISTENCIA al acuerparnos mujeres de todo sentir y condición, unidas, libres, disfrutonas y llenas de alegría. Más RESISTENCIA guiada desde el placer y la rabia que nos moviliza y ayuda a articular estrategias gozosas que se manifiestan por la ternura, los cuidados y los afectos.
RESISTENCIA, hoy, es comunicación, es respeto, consenso, es responsabilidad en nuestros vínculos…es poder hablar de nuestra sexualidad y vivir conectadas a lo que nos expresa el cuerpo, RESITENCIA es IGUALDAD en un mundo donde aún se quiere disponer de nuestra existencia al antojo.
CANSADAS, sí, muy cansadas. Pero resistimos en plural, luchamos en colectivo y transformamos desde los comunitario.
Fronterizas, os abrazo un 8 de marzo más con la firme convicción de que juntas podemos hacer de la vida un espacio propio diseñado a nuestra medida. Día a día, goce a goce, placer a placer.

