En muchas ocasiones el tiempo atraviesa la carne sin apenas darnos cuenta. En otras, nos pesa tanto el cuerpo y el alma que, la conciencia nos obliga a prestar atención a cada segundo plomizo y agónico que arrastra el reloj por el que se escapan. Un fluir más o menos errático que consigue que nosotras y nuestro entorno se trasforme o permanezca estable, inmóvil. Un paso inevitable y constante, un movimiento, una danza llena de armonía o, una sucesión de tropiezos más o menos escabrosos.
El tiempo, es ese que hace que nada permanezca y que todo, absolutamente todo, transite hacia delante como una extraña fuerza que invita y obliga a escuchar paciente y calma. La misma que me precipita a las ficciones descubiertas de mi vida, a los saberes adquiridos desde la piel, a las emociones del cuerpo y sus lenguajes o, a la mirada feminista con la que me acerco al mundo. Ese empuje que, de repente, hace abrirse una ventana inmensa de golpe dejando entrar aire nuevo que oxigena cada célula de mi mente.
Algo que cuando sucede, cuando las conexiones se dan, entiendes como decía Naomi Wolf que…
Sería absurdo y lamentable que las mujeres del futuro próximo tuviesen que librar de nuevo, desde el principio, las mismas viejas batallas… Sería, además, patético que tuviesen que volver a los comienzos por haber sido engañadas por esta campaña tan carente de originalidad que ya dura veinte años.
Sí, esto es lo que permite el tiempo, aprender – si estás dispuesta a ello -. El tiempo y sus posibilidades; tales como una perspectiva de género salvaje que despierta las intuiciones y coloca en nuestros cuerpos las herramientas para reconocer esos guiones vitales que seducen y convencen. Que hacen que elijamos nuestra propia esclavitud y a la vez la compremos. Un oxímoron que reduce al absurdo una existencia direccionada por el dinero y el poder, una contradicción que nos fragmenta y separa perpetuando la competencia entre nosotras mismas… una lucha perversa por encontrar el espacio, además del ideal deseable y aceptado universalmente… ¿te suena?.
Hablamos de mitos, invenciones o, como reducirnos a la imagen, a mera mercancía intercambiable en medida del valor asignado por la mirada ajena, carente de bienestar y reconocimiento hacia nosotras.
En definitiva, todo lo que impide que podamos ser genuinas, que construyamos una subjetividad e imagen en la que podamos reconocernos sin perder nuestra esencia. Todo lo que propicia, por el contrario, producciones en serie con dietas y zumos detox en una mano mientras, el Lorazepam se convierte en nuestra medicación crónica en la otra. Un sueño que alcanzar para ser representadas en los imaginarios del mundo porque, de otra manera, nuestra historia se escribirá sobre papel mojado.
Mito como sinónimo de fábula o leyenda, de mentira adornada, o como enuncia la RAE “narración maravillosa situada fuera del tiempo histórico y protagonizada por personajes de carácter divino o heroico”. Un estatus de “diosas” anhelado para ser únicas, visibles, tomadas en cuenta de alguna extraña manera donde sólo los cuerpos, que no nuestras voces, son bien recibidos para uso y disfrute de quien, desde la norma canónica, les aporta existencia, entidad y respeto. Allá donde existan ideales reguladores, seres humanos ordenados en categorías, tengamos presente que la exclusión estará asegurada y esta, es una de ellas.
La marginalización que impera cuando tu cuerpo es marcado como una pieza fuera de los deseable es extremadamente perversa; definiendo su presencia en el mundo laboral, en la cultura, la religión, en nuestra propia sexualidad, incluso, marcando el hambre que soportamos o, dicho de otro modo, la violencia que sufrimos sin otra promesa que la de ser elegidas y, evitar con ello, quedarnos solas, existir. Ya que esa es la máxima expresión de fracaso y fatalidad en nuestras vidas como mujeres, estar solteras.
Carecer de la importancia e identidad que confiere la presencia de una pareja que, si podemos “escoger” dentro de la jerarquía del sistema, preferiblemente, sea heterosexual.
Recordando a Naomi Wolf, de nuevo, ella nos hace un análisis pormenorizado que demuestra como la permeabilidad de nuestra imagen va poco a poco desgastando nuestra agencia. Como nuestra vida está mediatizada por esta nueva tortura que apareció cuando otro de los grandes mitos, el de la domesticidad, el que nos relataba Betty Friedan como “el malestar sin nombre”, fue superado. Aquella mística de la feminidad que allá por la segunda mitad del siglo XX hacía patente e, interesadamente incuestionable, un estereotipo de mujer que hoy aún se divisa performateado entre super-mujeres que llegan a todo y son todo a la vez.
Qué perverso es crecer pensando que el cuerpo que tienes no te pertenece, que no es tuyo. Sosteniendo como puedes las opiniones y críticas ajenas. Que si eres demasiado gorda o flaca, que si la celulitis, que si los pelos, que si las arrugas, que si la estatura, que si las canas, etc. Claro, es fundamental esta deshumanización y cosificación constantes para que terminemos por odiar nuestro cuerpo. A lo que viene a mi mente la fulminante y sanadora Emily Nahoski con su obra “Tal como eres” en la que nos invita a interiorizar que todos somos “normales” y encajamos, pero desde la diversidad de formas.
Ella nos recuerda:
“El día que naciste, el mundo pudo elegir qué era lo que te iba a enseñar acerca de tu cuerpo. Podría haberte enseñado a vivir en tu cuerpo con confianza y alegría. Podría haberte enseñado que tu cuerpo y tu sexualidad son unos regalos muy hermosos. Sim embargo, te enseñó a sentirte crítica o insatisfecha con tu sexualidad y tu cuerpo. Te enseñó a valorar y esperar de tu sexualidad algo que no coincide con lo que realmente es. Te contó una historia acerca de lo que iba a suceder en tu vida sexual, y era una historia falsa. Te mintió. Me siento furiosa por ti, contra el mundo que te mintió de esa manera. Y estoy trabajando para crear un mundo que no siga mintiendo a las mujeres en lo que se refiere a su cuerpo.”
Y que razones fronterizas. Nos han contado la película al revés, nos han vendido un montón de patrañas que justifican forzosamente ocultar nuestros rostros con maquillaje para ser atractivas o, llevar tacones, necesariamente, porque es sexy para otros y, sobre todo, porque hay que “arreglarse” para salir. No, esto no debería funcionar así.
La libertad es un valor que tiene que atravesar nuestras vidas, nuestros cuerpos, nuestras decisiones y comportamientos en la medida – toque de realidad – de lo que nos escapamos del neoliberalismo sexual del que nos habla Ana de Miguel y que conforma la libertad en nuestras elecciones como otro mito.
Eso es, la idea es poder decidir sobre tu cuerpo…si te maquillas o no, si te pones un tipo de ropa u otra, enseñar tu celulitis o el pelo blanco sin vergüenza o, si tienes encuentros eróticos con unas prácticas y no otras. Sería genial que podemos separar esta dicotomía entorno a ser “normales” y, que ello, sea sinónimo de valor personal. Imaginemos la trascendencia que tiene toda esta bola para nuestra autoestima. Sólo basta leer a Gloria Steinem, en su libro “Revolución desde dentro. Un libro sobre la autoestima” cuando dice «la autoestima no lo es todo, es solo que no hay nada sin ella».
Mientras, yendo y viniendo de la obra “El mito de la belleza”, sentimos como esta presión social que menciono y que justifica enfermar – incluso – por adherirnos a los estándares sociales está muy viva. Cuestión que, aunque años después hayan utilizado para desacreditar a su escritora, ninguneándola por esta y otras obras, alegando errores en las estadísticas aportadas, sigue estando vigente.
Así lo avala, por ejemplo, el estudio ‘La realidad de la Cirugía Estética en España’ – con datos actualizados sobre las intervenciones más demandadas por edades y sexos – según la Sociedad Española de Cirugía Plástica Reparadora y Estética. En él nos encontramos, a fecha de septiembre de 2023, que:
- El 85% se practican a mujeres y el 15% a hombres. La cirugía estética es una demanda eminentemente femenina aunque aumenta el interés entre los varones y entre los jóvenes en general.
- Las mujeres demandan, sobre todo, cirugías de aumento de mamas y liposucciones. Entre los hombres destacan la blefaroplastia, la rinoplastia y la ginecomastia.
- Por edades, la franja de población comprendida entre los 30 y los 44 años es la que más recurre a la cirugía estética.
- Más del 90% de las intervenciones de cirugía estética se concentran entre los 18 y los 60 años, siendo más minoritarias a partir de los 60 años y, sobre todo, por debajo de los 18.
En los TCAs (trastornos de conducta alimentaria) podemos confirmar como cada vez afecta a edades más tempranas y como, si bien los trastornos de la conducta alimentaria afectan a ambos sexos, son dos veces y media más frecuentes en mujeres, siendo su prevalencia en nuestro país entre la población femenina de 12 y 21 años. Las mujeres representarían hasta 9 de cada 10 casos. Es decir, que, allá por los ’90 Naomi Wolf no estaba nada desencaminada con el impacto que una imagen concreta, irreal, enfermiza y dictatorial de nuestros cuerpos podía malograr nuestras vidas.
El cuerpo, recuerda mi querida Silvia Federici, es la última frontera del capitalismo y van a lanzar todas las estrategias posibles para conquistarlos por completo. Lo que no saben es que desde el feminismo nos movilizamos, nos revelamos, ampliamos la mirada y encontramos la fuerza para luchar por una corporalidad diversa, natural y sana, propia y merecedora de amor. Fronterizas, ese cuerpo que tanto miramos con resignación, que tanto escondemos o querríamos remodelar, es quien nos mantiene conectadas a la tierra, a la vida. Quien nos permite resistir la opresión.
Os planteo una cosa. Despacio, a pequeños pasos. Démosle la compasión que se merece, seamos sus aliadas, ocupemos el espacio que nos merecemos y aullemos truenos desde sus entrañas. Nuestros cuerpos son vulnerabilidad, placer, vida…seamos libres existiendo sin culpa, ansiedad o vergüenza pero, si gozosas, disfrutonas .
Dedicado a todas y, especialmente, a mi manada radiofónica.

