Hace ya unos años me crucé en el camino con la médica Carme Valls Llobet y, también, con la extraordinaria filósofa y ensayista María Zambrano. La segunda fue consecuencia de la primera, pero, ambas, han dejado una huella imborrable en mi ser. De Carme aprendí que éramos invisibles para la medicina – como enuncia una de sus obras- y, que existía una ciencia de la diferencia que planteaba una mirada nueva para acompañar, construir y sostener a las mujeres en sus respectivos caminos de bienestar. De María, por otro lado, que podemos unir la pasión con la razón, el cuerpo y la mente, la filosofía con la poesía de una forma única y sin perdernos en ello.
Estoy segura de que aún serán muchos más los conocimientos que beberé de estas inmensas mujeres que, desde ámbitos del saber diferentes, se complementan a la perfección. De ahí que descubriera una frase recurrente en mi memoria, grabada a fuego como principio vital, en un libro de Carme que dice así: “Al no haber podido morir, sentía que tenía que NACER POR MÍ MISMA” (sí, la he referido varias veces).
Para quienes habéis transitado por este territorio de resistencias sabréis que nos es la primera vez que enuncio estas palabras, aunque, lo que si lo diferencia de otros momentos es mi propio momento, o el tuyo, si me lees. Nuestro estar, sus emociones, nuestros pensares…van mutándose según el contexto y, leer esta frase hace unos recuerdos no es lo mismo que leerla hoy día. De hecho, los matices son diferentes porque, aunque me siento arder cuando pienso en cómo el sistema en que vivimos se empeña en hacernos desaparecer (socialización, medicina, arte, literatura o la misma sexualidad), por contra, cada vez conozco más referentas que me permiten insertar mis contornos en este mundo.
Y con ello me refiero a conocer(me), a disponer de herramientas potentes que clavan sus uñas en el saber de nosotras mismas, en nuestro cuidado y respeto, en los dones creativos que albergamos, en la conexión cuerpo-mente y a la naturaleza que nos lleva a vivir en el presente, a la alegría …; fuentes todas ellas de las que se embellece el empoderamiento perdido por cientos de años.
Es decir, algo así como volver al principio, a aquellos tiempos en los que el sistema social estaba fundamentado por el culto a la gran Diosa y cuyo discurso nada tenía que ver con la negación de nuestra entidad, identidad y deseo como sexo y como género. Lo que Clarissa Pinkola expresa en su libro de “Mujeres que corren con los lobos”, en el que manifiesta la certeza de que, dentro de toda mujer palpita una vida secreta, una fuerza poderosa llena de buenos instintos, creatividad apasionada y sabiduría eterna. Esta esencia instintiva femenina —desconocida para la mujer por los absorbentes parámetros sociales— viene determinada por el arquetipo de la Mujer Salvaje.
Una mujer para la que, como apostilla, «unirse a la naturaleza instintiva no significa deshacerse, cambiarlo todo. No significa perder las relaciones propias de una vida en sociedad o convertirse en un ser menos humano… Significa establecer un territorio, encontrar la propia manada, estar en el cuerpo con certeza y orgullo, cualesquiera que sean los dones y las limitaciones físicas».
Una mujer para la que escribe una especia de reglamento general lobuno en la vida:
- Comer.
- Descansar.
- Vagabundear en los periodos intermedios.
- Ser fiel.
- Amar a los hijos.
- Meditar a la luz de la luna.
- Aguzar el oído.
- Cuidar de los huesos.
- Hacer el amor.
- Aullar a menudo.
Sí, una serie de principios que bien podrían ser otros para cada una de las mujeres que nos planteemos este reto, ya que, no es sencillo. De hecho, para esas vivencias complejas, y por instantes enfangadas, en las que se lucha día a día por mantenerse a flote mientras se hace del vivir un logro en sí mismo, empezar por aullar podría ser muy, pero que muy útil.
Lejos de querer banalizar con esto, me refiero a poder expresar, a darnos permiso para gritar cuando nos hace falta, a pedir cuando necesitamos ayuda y solicitarla libremente. Sin fundirnos en las culpas, dejando de pensar que nosotras lo podemos dar todo pero que no tenemos derecho a pedir nada porque molestamos a los demás. Pareciese que estuviéramos franqueando alguna norma que le pertenece a nuestro sexo de manera esencialista y que, además, nos aísla del mundo cuando necesitamos apoyo.
Aullemos ante la violencia, aullemos ante la discriminación, aullemos ante el dolor… pero, también, aullemos de pasión, aullemos de felicidad y alegría, de gozo y placer; aullemos como una expresión de lo que sentimos y anhelamos en cada momento reconciliándonos con las necesidades y el propio cuerpo.
Así, aprendemos a recuperar el deseo y los deseos. (Re)escribiendo una historia para la que muchas, como dice Carme “sin cuarto propio, sin hora propia, con grandes dosis de resignación, sumisión e indefensión aprendida, la mujer debe luchar contra la ausencia de derechos reconocidos en la realidad”. De ahí, que el primer paso para volver a renacer sea ese, el de la propia voluntad y libertad de una misma. Hito viable a cualquier edad, pasando por encima la incredulidad social y el peor de nuestros discursos internos.
Claro, lo más “razonable” en estos casos es cuestionarse cómo lo vamos a hacer. Cómo vamos a generar las condiciones oportunas para resurgir cual ave Fénix. La respuesta efectiva, que no sólo hay una, es crear nosotras mismas el contexto propicio, desde nuestra propia historia, desde la propia biografía, entendiendo cada una cuales han sido esos mensajes, esos aprendizajes no escogidos que nos convencieron de que no nos merecíamos cumplir deseos, que eso era ser unas profundas egoístas. Pero, atenta, que hay más…
En segundo lugar, empezar a respetar nuestro cuerpo. Eso sería una herramienta increíble para resituarnos sobre la tierra. Porque… cómo vamos a escucharle y saber qué nos dice si, en muchas ocasiones, lo queremos cambiar, romper, deformar o, incluso lo sentimos abyecto, sin pertenencia, sólo como objeto de juicios y críticas ajenas; a disposición de un uso y disfrute por parte de quién, a su vez, lo invalida, abusa o viola. Nuestro cuerpo y nuestra mente han de ser una unidad indivisible, la misma que la propia Zambrano llamaba Alma, esa fuerza interior.
La misma que nos hace falta para transgredir como base de la revolución. Un proceso al que invitarnos cada una de nosotras a desentrañando el conocimiento sobre la realidad que habitamos como factor de malestar y, sufrimiento en muchos casos. Las diferencias que operan en nuestros cuerpos, en su salud, en nuestro transitar por la existencia tiene que dejar de permanecer sumergida para distinguir un costumbrismo machista en cada espacio individual y colectivizado.
Para romper con lo tradicionalmente privilegiado hay que escudriñar en nuestras genealogías de mujeres que incluyen a otras que ya lo consiguieron y se aferraron a la posibilidad de construir otros guiones de vida. Mujeres que pelearon por ir vestidas con las pieles de su libertad, prendidas de arrojo y verdades incendiarias que ni el más díscolo de los hijos del patriarcado pudieron sofocar. Mujeres que renunciaron a la imposición del matrimonio y/o la maternidad, mujeres que se asieron a sus sueños y pasiones de ser grandes profesionales, mujeres que sin ser reconocidas como tales enaltecieron la feminidad como bandera, mujeres migradas que lejos de sus hogares cimentaron otros nuevos, mujeres que abordaron la ciencia, mujeres que entretejieron la práctica con la teoría…
Mujeres que son faro en el camino errante de nuestro autoconocimiento permitiendo sacar a la luz los dones, las capacidades y potencias que cada una de nosotras lleva dentro. (Re)configurando una subjetividad menos marcada por lo ajeno y más moldeada por lo propio, conformando un cosmos donde dejen de existir resistencias, trincheras en las que se acumulen los cadáveres de nuestros deseos y placeres marchitos. No, precisamos un “yo” ligero, compasivo, fuerte, carente de “deberías” y, en cuyo epicentro, como decía Teresa de Lauretis “la sexualidad es el nudo central, el lugar de lo corpóreo, lo psíquico y lo social(…)”.
Sí, queridas fronterizas, la sexualidad como dimensión imprescindible de que quienes somos, como el estar desde el que generamos nuestra imagen, nuestros vínculos e interacciones con el entorno. Sexualidad como laboratorio de afectos, placeres y deseos al servicio del encuentro con una otra a la que me precipito desde la incertidumbre y con quien intercambio energías acabando por descubrir más de mí.
Renacer como vía de reapropiación de nuestra yo, de su vivencia y sus modos de expresión entre seducciones más o menos inconscientes que nos acercan a nosotras mismas y a otras mujeres que vibran a través de los mismos sentidos. Una estimulación compartida en la que reconocernos vivas y con posibilidades infinitas. Una red de mujeres sensuales y sensitivas que, casi sin pretenderlo, supone grupos de apoyo mutuo en los que planificar, crear estrategias, calmar, organizar respuestas creativas, consumar insolencias al sistema.
Una manada real con quien salir a aullar cada madrugada a la luna llena con la certeza de que ni la distancia ni las fronteras disolverán el eco del grito, de la proclama, y la rebelión.

