

La tradición del silencio roba la voz y la palabra a muchas mujeres. Nos desdibuja desde lo cotidiano y rutinario hasta desposeernos de la ocupación pública y política. Una ausencia obligada que sesga la historia y violenta recuerdos. La lucha que se torna frontera entre el masculino universal y la
marginalidad de nuestras historias firmadas con pseudónimos. En esta resistencia escribir se ha convertido en trinchera, en el presente y futuro para posicionarnos en el mundo, para crear identidad, para ser libres.
La tradición del silencio roba la voz y la palabra a muchas mujeres. Nos desdibuja desde lo cotidiano y rutinario hasta desposeernos de la ocupación pública y política. Una ausencia obligada que sesga la historia y violenta recuerdos. La lucha que se torna frontera entre el masculino universal y la
marginalidad de nuestras historias firmadas con pseudónimos. En esta resistencia escribir se ha convertido en trinchera, en el presente y futuro para posicionarnos en el mundo, para crear identidad, para ser libres.
Olvídate del “cuarto propio” −escribe en la cocina, enciérrate en el baño−. Escribe en el autobús o mientras haces fila en el Departamento de Beneficio Social o en el trabajo durante la comida, entre dormir y estar despierta. Yo escribo hasta sentada en el excusado. [...] Mientras lavas los pisos o la ropa escucha las palabras cantando en tu cuerpo. Cuando estés deprimida, enojada, herida, cuando la compasión y el amor te posea. Cuando no puedas hacer nada más que escribir.





