Mujeres Prehistóricas.

¡No, Las mujeres prehistóricas no se pasaban el día barriendo la cueva! ¿Y si resulta que también pintaron Lascaux, cazaron bisontes, tallaron utensilios e idearon innovaciones y avances sociales? Las nuevas técnicas de análisis tecnológicos de los restos arqueológicos, los recientes descubrimientos de fósiles humanos y el desarrollo de la arqueología de género han cuestionado muchas de las ideas y clichés heredados.

Así empieza su libro Marylène Patou-Mathis, una conocida prehistoriadora francesa que lo titula “El hombre prehistórico es también una mujer”. En él, de forma magnífica se desgranan con múltiples ejemplos varias de las grandes mentiras que han borrado nuestro paso por la Historia – la que va con mayúscula -, así como nuestra relevancia y determinismo en el devenir de esta.

A ella, además, se suman a esta desmitificación más mujeres imprescindibles como Gerda Lerner – de las primeras -, gran historiadora y autora de «La creación del patriarcado” (ahí es nada). En cuyo caso propone: “distinguir entre el registro no escrito del pasado –todos los sucesos del pasado que recuerdan los seres humanos– y la Historia (de nuevo con mayúscula) –el registro y la interpretación del pasado–”. ¿Por qué?

En cuanto a esta última conclusión, y tras todos los avances de lo diferentes movimientos feministas que nos traen hasta hoy, sólo podemos llegar a un punto. Esa Historia, no representa los recuerdos de toda la humanidad (no es colectiva); es, por el contrario, una proyección insuficiente de quienes han ostentado el poder de forma beligerante y obscena durante milenios. ¿Adivináis a quién me refiero? (seguro que sí). Nos referimos a quienes han escrito las normas del juego, a quienes arrancan las hojas del libro que sabemos que faltan. Sí, ellos, los hombres.

Por desgracia, el mundo se ha explicado y medido a su través (que le vamos a hacer), dejando en la sombra a “la otra mitad”, a quienes sufrimos y enfermamos por disidencia u obediencia (esto es muy importante) a unos mandatos de género, a unos determinismos sociales (las normas que decíamos). Nosotras, una otredad que intenta con esfuerzo construir su identidad como puede, habitualmente a los márgenes de la dictadura capitalista y heteropatriarcal.

El resultado es obvio para las que ponemos intención en verlo y el propio cuerpo. Nos han etiquetado constantemente como seres inferiores, de segunda, incapacitados para ser algo más allá que ese «segundo sexo «del que nos hablaba Beauvoir en su obra. Porque claro, ¿a qué aspirar cuando el mundo solo te da permiso y no derecho para existir?

Habitamos, por ende, en un contexto machista en el que nuestra autonomía, autoestima (nuestra idea de nosotras mismas), o emociones, están mediadas por la subordinación e invisibilidad adscritas al género femenino. Por ese mismo motivo, hasta nuestra salud está permeada de todos los sesgos posibles que nos obvian, discriminan y violentan. Enfermamos por omisión de nuestras subjetividades, borradas por una narrativa dominante. Investigaciones, pruebas, hipótesis, logias… todo orbita en torno a un universal masculino que, por extensión, se ha supuesto tenía que servir a nuestros intereses como mujeres.

Son, en definitiva, excesos históricos apuntalados con sangre de millones de nosotras que se anidan en las edades de la humanidad, justificando ese sacrificio en pro de la encarnación del poder y sus eternos privilegiados. Y, por supuesto, si a esto añadimos la conjura de religiones monoteístas y de las ciencias atravesadas por el androcentrismo que las conforman, se ha configurado un sistema de control cuya acción se destina a nuestro silenciamiento.

Cierto es, también, que no hemos permanecido con los brazos cruzados. De hecho, nos han revuelto y pellizcado las tripas despertando la repulsa colectiva en forma oposición rebelde y feroz – nos hemos hartado muchas veces-. Algo que, el transcurrir de las civilizaciones ha contraatacado con amplias violencias que oscilan desde la privación de la palabra, el uso del fuego, los encierros entre muros de piedra o, la sobremedicalización de los cuerpos como resultado de unos malestares de género que, como ya sabemos, arrastramos desde el origen de la humanidad.

Por todo ello, y con el ánimo de seguir escribiendo nuestra propia historia, propongo hacerlo desde una visión diferente. Una que sí nos tenga en cuenta gracias a la perspectiva adecuada – una mirada feminista (cuál sino) – que vertebre formas nuevas de pensarnos, valorando lo común y, la interdependencia frente al individualismo neoliberal y capitalista actual, la compasión, la ternura. La que ya aporta la mirada de grandes referentas que nos iluminaron al pasar por todas estas disonancias.

Como ejemplo inmediato de instalar esta perspectiva, mencionaremos uno que nos valida desde la coherencia, derribando los grandes mitos fundacionales que cimentan nuestra sociedad actual. Para ello nos tendremos que trasladar a las mismísimas cavernas, y en ellas, a la ciencia que las estudia. Nos situamos.

Serían mediados del siglo XX, años 50-60; empieza a asentarse el modelo del hombre- cazador. Ese en el que EL HOMBRE es el principal proveedor de alimentos para la comunidad e inventor de los grandes y revolucionarios utensilios y armas. Condición que le convierte en el principal catalizador de la hominización, incluso de la “humanización”. Algo que, por fin, gracias a Marylène Patou-Mathis y otras académicas, es rechazado hoy en día – recordemos las palabras que inician su obra -.

Como ella nos refiere, no todos los hombres eran – y son – misóginos, pero hay que señalar que, desde comienzos del S.XX, el reconocimiento de lo femenino en su alteridad ha topado con un rechazo casi generalizado, aún hoy existen resistencias. Hasta mediados del mismo siglo, tanto las publicaciones científicas como las obras literarias, artísticas o filosóficas difunden los estereotipos más negativos sobre las mujeres. Y ahí, no podemos olvidar la voz de Freud al decir de la mujer que era muy diferente al hombre (…) incomprensible, enigmática, singular y, por ello, enemiga.

Es probable entonces, que, la realidad que nos acerca una ciencia tan joven como la Prehistoria, tenga más que ver con la de la propia época que con la de los tiempos de las cavernas. ¿Y qué época? Pues un momento en el que las teorías médicas se juntan con los textos religiosos, sosteniendo indiscutiblemente que éramos inferiores o, por mandato natural o incluso divino.

Los científicos de finales del siglo XVIII y del siglo XIX se esforzaron por mostrar, de forma empírica, que el tamaño del cerebro está relacionado con la inteligencia. Lo que desempeñó un papel muy importante en la infravaloración física y sobre todo intelectual de las mujeres. Los propios antropólogos utilizaban la craneología, o estudio comparado de los cráneos – segunda mitad S.XIX-, para diferenciar sexos y razas.

Mucho antes, Platón aseveraría que estamos gobernadas por nuestro sexo diciendo “las mujeres son hombres fallidos dominados por su útero”. Lo que sostendría que, científicos del S. XVIII y del S.XIX, mantuvieran que los humores producidos por sus órganos genitales ejercían influencia directa en la conducta de las mujeres invalidándolas para depositar cualquier ejercicio de razón en ellas.

Tampoco podemos olvidar la teoría de los desplazamientos de la matriz de Hipócrates, las premisas de ser eternas enfermas, histéricas, estar predestinadas a la maternidad, y un largo etcétera. Una sucesión de invenciones que se soslayaban con el esfuerzo titánico que las religiones apostaban para enterrar nuestra dignidad en vida. Merlin Stone (1913-2011) en «When God Was a Woman» nos lo explica a través, por ejemplo, de la invención del mito de Adán y Eva que fijó en Occidente, en la sociedad y en el inconsciente colectivo, la sumisión de las mujeres a los hombres o, la pesada culpa.

Menos mal que, a partir de mediados de la década de los 70, gracias a los trabajos de Liv Dommasnes, entre varias, se enarboló una crítica muy necesaria. Se empezaba a verbalizar que se estaban aplicando las normas occidentales modernas elaboradas en torno a los valores masculinos a sociedades del pasado. Lo que articulaba interpretaciones realizadas desde la perspectiva del determinismo biológico – sobre todo lo que concierne al reparto de tareas-.

Son los inicios de la Arqueología de género, la que entre otras cuestiones nos permitió analizar las lecturas de una de las representaciones más conocidas del Paleolítico, las Venus. Ellas, han sido inspiración de la fértil imaginación de los investigadores. Son la representación parietal mayoritaria, por lo que es muy poco probable la unicidad tendente e impuesta en su interpretación como las “primeras imágenes eróticas” o “la exteriorización de las necesidades y deseos de la época”. Un playboy prehistórico, vaya.

Tampoco es muy coherente plantear que siempre se trate de mujeres embarazadas, como argumentan otras de las ideas más recurrentes, aunque esta, al menos, contempla la relación de las mujeres como dadoras de vida – cuando aún no parecería tenerse claro la participación del hombre en este proceso, sea dicho de paso-. A este respecto, si se han encontrado lo que parecen ser amuletos u ofrendas para las propias mujeres embarazadas.

Cada vez, parece más evidente que en esos excesos y simplificaciones se pierden matices. Uno de ellos, es el que venimos refiriendo, la corporalidad. Obviamos el dimorfismo de la época, incurriendo en la perpetuación de estereotipos físicos unidos de la división sexual de las tareas (cuidadoras). Al estandarizar la morfología corporal, suscribimos que las mujeres son siempre más pequeñas y menos fuertes, sedentarias como consecuencia de su función reproductiva (falso, ellas hacían grandes desplazamientos). Y podríamos seguir…

Varios hallazgos de fósiles reconocidos como hombres han sido reevaluados como restos, en realidad de mujeres. Ejemplos de ello son “El Chico de la Gran Dolina» en Atapuerca que, gracias a el Grupo de Antropología Dental del Centro Nacional de Investigación de la Evolución Humana (Cenieh) se descubrió que, en realidad, fue una chica de entre 9 y 11 años. En Sudamérica (2020), además, se encontró un cuerpo femenino, enterrado hace unos 9.000 años junto a herramientas de caza, en la región de las Américas. La mujer, descubierta en el altiplano andino, fue apodada Wilamaya Patjxa. O, en 2017, la famosa tumba de un guerrero vikingo de Suecia, hallada a principios del siglo XX, no yacía un hombre, como se había asumido durante mucho tiempo, sino que biológicamente, era una mujer.

En definitiva, la evolución de los paradigmas sociales y el desarrollo de la ciencia han permitido dibujar, poco a poco, lo que en verdad responde a una lógica aplastante. La que hace tangible nuestra presencia en el mundo, nuestra coexistencia en la caza más allá de la recolección y los cuidados. Pero cuidado, que esto nos abre una hipótesis aún más interesante que refrenda Margarita Sánchez Romero en su obra “Prehistorías de mujeres”, como arqueóloga experta en género y profesora de Prehistoria en la Universidad de Granada. Más allá de recalibrar la Historia con la presencia de las mujeres en papeles robados… ¿por qué no dar valor al sostenimiento de la vida en la evolución de la especia a todas las demás tareas que permitieron el mantenimiento de la vida – cobijar, socializar, sanar…?

“Las mujeres cazaban en las sociedades de la Prehistoria, o al menos en algunas, y participaban, al igual que niños y niñas, en partidas de caza para grandes animales. Estoy convencida de que manejaban trampas y hordas y de que, como en el caso de la mujer analizada, utilizarían lanzas, arcos y flechas. Pero lo cierto es que las mujeres deberían estar en el discurso histórico por el desarrollo mayoritario, aunque no exclusivo, de otro tipo de trabajos que no se han considerado importantes porque precisamente estaban vinculados a ellas” Margarita Sánchez Romero.

 

¿Seguimos escribiendo nuestros relatos? Yo te leo.

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