Sexo, un camino con-sentido. 

Hace unos días hablaba en Instagram sobre el sexo “sin ganas”. Del sexo porque “toca” como una suerte de prescripción médica que (re)evalúa y equilibra la salud o la “supervivencia” de nuestros vínculos erótico-románticos que, debe producirse. E, inevitablemente, dentro de mi alcance, observé como la publicación encontró cobijo en otras mujeres, en opiniones diversas que se sincretizaban en “melonazo”. Después, una cosa llevó a la otra, y le subí el volumen al cuerpo – un poquito más -, y empecé a reflexionar. Además, enfatizo que mi entorno me invita a ello porque, tengo la maravillosa suerte de habitar este mundo rodeada de cada vez más mujeres increíbles y motivadoras que me dan la mano para seguir cuestionando el mundo. 

El caso, es que de forma casi instantánea reposé la profundidad de la expresión “sin ganas” y, empezaron los sinsabores. “Sin ganas” como sinónimo de “sin placer”, “sin deseo”, “sin motivación”, “sin excitación”, “sin erotismo”, sin, sin, sin y nada más que carencias. Sin otro remedio, centraban el encuentro “consentido” pero, “sin” nada de lo que hace esta fusión corpórea, sentimental, espiritual o, de lo que te dé a ti la gana, una sublimación de lo que supone ser las mujeres plenas, auténticas y sexuales que somos. Donde aparece esa conexión sin tapujos, tanto contigo como con la/s persona/s que quieras. 

Y claro – me seguía cuestionando -. ¿Cómo hacerlo lejos de cualquier contexto donde nos podamos sentir seguras, nosotras mismas, sin ambages, ni vergüenzas ni obligaciones? Ese “sin ganas”, en realidad, es la máscara que cubre una escisión entre lo que somos y quién «deberíamos» ser.  Porque, nacimos con el derecho a recibir placer, todo el que nuestros cuerpos sean capaces de sentir y, sin embargo, ciertos mensajes mediáticos, médicos y morales dictan hasta ahogarnos el convencimiento de que no nos pertenece. Como si los demás, y no nosotras mismas, fueran quienes disponen de cómo, cuánto, cuándo o qué puede conseguirlo.  

Las consecuencias lógicas parecen inevitables. Se entretejen con el estrés, las preocupaciones, la frustración al adoptar el rol de espectadora o, como he podido comprobar, vivir en el lado más oscuro del amor. Me explico. Dentro de las múltiples causas por las que podamos consentir – que no desear – tener encuentros eróticos me interpeló sobremanera el que estos pudieran servir de medio para un fin.

Una vía, por ejemplo, para recibir afectos y saciar nuestras necesidades de apego o, incluso, resolver una situación que pone nuestra integridad relacional o, personal en peligro. En cualquiera de ellos, se me eriza la piel por verme reflejada y, por integrar que, en realidad, somos muchas las que vivimos tan alejadas de nuestro cuerpo – y de nosotras – como para negarnos.  

Por supuesto, a base de feminismos, entendemos ya que nuestra socialización de género – y sexual – están imbricadas con un patriarcado que hace posible que, dentro y fuera de la cama, seamos meros objetos de deseo. Ajenas a lo que queremos a cada momento y en cualquier esfera vital – la sexualidad no iba a quedarse fuera –, vivimos en una disociación intermitente. De manera que, en esa compleja interacción entre lo ajeno y propio, en esa resistencia entre el afuera y el adentro, creamos la frontera entre ser mujeres sexuales u otra especie sin voluntad, capacidad y autoridad para ser. Y, en esas, generamos ira, contemos malestares y dolores como consecuencia de una búsqueda infatigable de complitud. Seguimos. 

“El apego es amor” nos explica Emily Nagoski en “Tal como eres” y, añade “el apego está relacionado con la supervivencia, y las relaciones son fundamentales para ella. Cuando se ven amenazadas, hacemos lo que sea para aferrarnos a ellas, porque no hay nada más importante que nuestra conexión con nuestros objetos de apego”.

A partir de aquí, podemos conectar con las dinámicas que establecemos para no poner en peligro ese estar unidas, protegidas frente a la ansiedad de la separación. Ya que, sobra decir que el condicionamiento cultural nos convence de la necesidad de encontrar – especialmente a nosotras – “la media naranja”, de ser el “sexo débil” y, si no, aparentarlo como bien expone Mona Chollet en su ensayo “Reinventar el amor”. Nos vamos desindiviualizando al negociar una gran parte de nosotras mismas (pensamientos, deseos, creencias y ambiciones) dice Harriet Lerner en “La danza de la Ira”, cediendo nuestro control, nuestro agencia. 

Si lo unimos todo, podemos empezar a entender que la ansiedad que nos produce separarnos de quién nos da seguridad, por violento que sea, no es más fuerte que la que nos plantea todo lo que podamos ganar si redirigimos la atención hacia nuestra independencia y autonomía. Pero claro, si añadimos el contexto- siempre el contexto -, la educación recibida para preocuparnos de forma desmedida por los sentimientos de otros; para ser las responsables del bienestar de ellos, de contener su violencia y su ira; nuestros modelos de referencia afectivos…ya lo tenemos.  

Recuerda Fina Sanz, sobre el amor y la sociedad que “(…) la forma en que los individuos de una sociedad vinculan afectivamente es una clave para entender la estructura social; o, dicho de otra forma: cada sociedad también educa afectivamente sus miembros para que reproduzcan o mantengan el orden social establecido”.

Y, es evidente, que en esta nuestra sociedad occidental -patriarcal – capitalista – heteronormativa – coitocentrista- genitocentrista- capacitista – racista – lgtbifóbica – etc.se potencian aquellos vínculos en los que se nos incluye (absorbe) al espacio del varón (le pertenecemos). 

Nos quedamos sin espacio personal propio al margen de la pareja. Lo cual genera una falta de sentido de identidad o una dificultad para saber “quién soy”, “qué quiero”, “qué deseo hacer”, “qué me gusta”; se favorece las relaciones de poder dominante-dominada, así como una cierta seguridad afectiva (pseudoseguridad). Toda variación de tales roles provoca “crisis”, reflexiona Fina Sanz. Cuestión, que resuena con nuestra convicción inconsciente de que mientras permanezcamos “abajo”, la relación sobrevivirá.

No tendremos que discutir, se calmará, nos dejará tranquilas, no nos quedaremos solas o, podremos colmar esa necesidad de intimidad o afectos. 

Pero esto tiene una contrapartida muy cruel. Si nos sometemos a estos encuentros, sin el deseo de fusión, esto puede grabarse en la piel. Crearse, de hecho, un sistema de retroalimentación que induzca a desear menos encuentros dada la ausencia de motivación y, de “gusto” por repetir. Es decir, es difícil sentir deseo si tu placer no se considera importante nos aporta Katherine Angel en «El buen sexo mañana».

Y continúa, “entonces, no resulta sorprendente que la mujer mantenga relaciones sexuales por razones que no sean intrínsecamente sexuales”.  

Por supuesto, todas estas reflexiones tienen muchos más matices que merecen que exploremos. Si aceptamos (consentimos) un encuentro, pero, no lo deseamos, ¿Qué más puede estar pasando? Para ello, escuchar al cuerpo será muy importante, estar presente y sentir si se abre o se cierra frente a la unión. Por esa razón, se me ocurre empezar por profundizar en algo elemental.

¿Qué entendemos por sexo, dónde empieza el sexo para ti? Quizás rechazamos el encuentro porque siempre está destinado a la penetración y, la seducción, los besos, las caricias, los susurros, lo lametones o, los mordiscos quedan fuera de este supuesto. Y claro, esto propicia una anticipación ansiosa de lo que, sabemos que va a pasar. 

Esto, además, puede reflejarse en dolor. Quizás una dispareunia, dolor presente en esa penetración no buscada. O, incluso, la vagina puede reaccionar cerrándose para evitar la insatisfacción resultante de esa relación. Puede aparecer un vaginismo que la contrae de forma involuntaria porque ya ha aprendido, por ejemplo, que sexo es igual a relación coital, esto, a penetración, y que eso, concretamente, molesta. Con lo que, muy sabiamente, evitará por todos los medios que suceda.

A la vez, podemos sentir falta de lubricación o, estar presente y, aun así, nosotras no querer estar ahí. También aprendimos que una repuesta fisiológica, como esta, es involuntaria y aprendida, lo que no puede determinar el consentimiento en un acto. Eso es violación, no lo olvidemos. 

En resumen, y para arrojar cierta luz, podemos concluir algunas premisas. Una, es que esta disonancia enunciada desde el “tener sexo sin ganas”, corresponde a un sexo insatisfactorio surgido “de unas normas de género en las que la mujer no puede buscar el sexo de forma igualitaria y en las que el hombre tiene derecho a la gratificación a toda costa”.

A “un mundo que exige lo imposible de la mujer, pidiéndole que muestre placer y deseo al tiempo que le dice que su placer y su seguridad ni se priorizan o valoran” (Katherine Angel). Paradójico, ¿verdad?  

Nos miden en tanto y cuanto somos serviles al deseo ajeno. Y, se nos subyuga por mostrar nuestra vulnerabilidad y también por no tener claro lo que necesitamos. No hacerlo, puede dar pie a ciertas estrategias coercitivas que algunos hijos sanos del patriarcado usan en su beneficio. Claro, esto a su vez, ha de plantearnos el peso que se pone encima del consentimiento para valorar una relación como violación o no. Sus límites, diría yo, ya que si no hay deseo estamos traicionando nuestra identidad, quienes somos, lo que realmente queremos. Aunque, por otro lado, no hay que perder de vista tampoco, la performatividad del mismo, tal y como lo hace el contexto del que depende. 

Puede que quiera que me beses, que me agarres fuerte contra ti, que me desnudes el alma, pero…no el cuerpo. Y también es válido. O, puede que lo averigüe en el camino. Eso también nos pertenece.

No podemos saber siempre lo que queremos porque eso depende de acercarse poco a poco, de probar, de reposar lo que se siente, de comunicarnos, de tirarnos hacia el abismo de lo desconocido. Pero parece, que esto no es una prerrogativa para nosotras, a quienes sea como fuere, se nos dibuja ajenas a la sexualidad, la cual nos quitan y ponen cual accesorio de moda utilizado a conveniencia. 

Queremos sexo, sí. Pero con deseo, con placer, con libertad.

 

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