Muchas de las circunstancias que me han atravesado estos días desde la última vez, me han hecho reflexionar, sentir y removerme hacia una dirección. Amigas, compañeras de viaje, mentoras, referentes… familia extendida que se dice; familia escogida, red de sostén, cuidados y afectos. Todas, me hacen pensar desde su excepcionalidad vulnerable y tierna lo que la normativa nos niega. Esa carencia que nos persigue cual sombra deforme sin saber si es proyección de nuestro propio contraluz o de una “otra” más perdida y desconocida que nosotras mismas.
La realidad, es que transitamos de un lugar a otro creando sincretismos entre el modernismo y la tradición. Sí. Por un lado, absorbemos aprendizajes nuevos, bebemos de las ciencias más contemporáneas, de los movimientos más revolucionarios, pero, por otro, el alma se nos drena a fuerza de tradición y costumbre.
Un folclore, este último, que nos aleja a muchas de ser sujetas propias y coloca al hombre blanco cis- y hetero- como sujeto simbólico del amor y del eros, tal y como reflexiona Marcela Lagarde. Mientras, nuestra respiración se entrecorta perdiendo la consciencia del cautiverio por un amor y un sexo mal entendidos, construidos desde el patriarcado.
Y, es que, estas vivencias son pensadas e impuestas desde la cultura, la religión o la ciencia que gira en torno a los mismos, a los hombres. Los receptores de atenciones incondicionales, sin mayor esfuerzo que el de la existencia visible e histórica. La misma que se nos ha negado, por el contrario, a las mujeres y que nos ha posicionado fuera de la centralidad del mundo y su poder. Esto, configura de forma diádica e inexorable a dos seres, unos colmados de amor y, otras, en busca constante, en deseo ansioso, capaz de ofrecer todo lo que no tienen pase lo que pase.
Una entrega tan exacerbada y limitante que permite el sometimiento, la dependencia y un sufrimiento injustificado. Una falta de equilibrio y una sensación de sacrificio al que parece que nos acostumbramos cual destino, convirtiendo el amor en una fuente, paradójicamente, de insatisfacciones y servilismo. En esa línea, nos sigue disertando Marcela L.:
“Así, amor y poder han sido un continuum para la mayoría de las amorosas, una experiencia indisoluble e inevitable. Para los hombres el amor es poder en sí, una forma de incrementar megalomanías y narcisismos, así como de ejercer su dominio sobre las mujeres y sobre el mundo. Este amor contiene la desigualdad y la jerarquía como componentes sociales de género. Por ello, las parejas diseñadas para este amor son disparejas.”
Unas palabras colmadas de angustia que muerden a bocados las libertades y los anhelos. Que me resuenan con la vivencia de relaciones dolorosas, huellas fuertes de pasados inciertos. Momentos que aún preservan su memoria en los rincones del cuerpo y que nos invitan, aún hoy, a-ser-para-otros, a poner todo lo que somos y tenemos a servicio de lo externo.
Y yo me pregunto desde la extenuación y el desespero… ¿Cómo ha de ser eso de no buscar la aprobación en la gesticulación ajena para habitar el mundo?; ¿eso del reconocimiento en la valoración que llega de fuera para existir?; o, ¿eso de la confianza en otra persona para ser tú?
La experiencia de la propia autonomía se convierte en una utopía a la que aspirar, por la que caminar, por la que luchar y ser nosotras. Si, si, lo sé. Insisto con dureza en ello. Pero, le pongo todo el énfasis que me sale dadas las mujeres que encuentro – como lo hago conmigo misma – dudosas de sus capacidades y poderes vitales. Mujeres recias y honestas, ampliamente sacudidas por intentar entender como suyo un amor, una sexualidad que en realidad no les pertenece, no se hizo para ellas. Inmersas en una falsa realidad que les niega la reciprocidad, el deseo, el placer y nos convierte en objetos de amor de otros.
“La cultura en la que nos hemos criado tiene un enorme impacto en la construcción de nuestras subjetividades, en nuestra manera de vivir, sentir e interpretar las experiencias, y, a su vez, también delimita las expectativas de comportamiento” nos advierte Maitena Monroy. Lo que nos hace entender como error propio la ausencia de atenciones o deseos cumplidos, incluso el agravio ajeno. Pero, es que, se hace realmente complejo el entramado en ausencia de acuerdos o negociaciones, pactos para poder preservar una ética relacional que facilite vínculos igualitarios o deleites compartidos. Un juego de mínimos en el que todas las partes podamos ser responsables y respetadas.
Habitualmente, la falta de atención sobre nosotras mismas, no ser el foco de nuestras vidas, se convierte en cómplice del malestar y la despersonalización. Es un motor de catastróficas desdichas que nos expulsa a lugares incómodos, donde los tiempos y los modos son elegidos sin querer ni intención, donde el yo misma se desvanece, donde la mismisidad se evapora.
Y ese, en ese momento precisamente, si conseguimos traerla de las profundidades del inconsciente, es cuando la podemos reflotar para redimirnos. No exentas de trabajo y miedo, eso también. Marcela nos recuerda…
“Con su dosis de individualidad, autonomía e independencia, confianza y amor a una misma en libertad y la experiencia de la propia autoridad, la mismidad está en la base de transformaciones profundas del amor y la sexualidad de las mujeres, cuya clave es la ética del cuidado en primera persona, con la afirmación y el desarrollo personal, la vigencia de las libertades y la dignidad, de la vida propia con sentido y solidaridad. Con ello se genera una confluencia subjetiva que permite a las mujeres mirar con menos distorsión a cualquier otro, otra sin supremacía, con su misterio, su soledad y su condición mortal. Ni opuestos ni complementarios.”
Una autodeterminación que, en ocasiones, equivocamos el lugar donde encontrarla. Aunque, si podemos escuchar, estar atentas y dejar que lleguen narrativas valientes, transgresoras y desafiantes, empezamos a ver. Lo que me recuerda, como idea, el tercer espacio al que nos invita Soledad Murillo y explica… “Es el lugar del tiempo singular, de lo propio, la condición de estar consigo mismo de manera crítica y reflexiva, es el culto a la individualidad y responde a la cualidad de ocuparse de sí mismo”; poniendo de manifiesto cómo la privacidad es una parcela de la que disfrutan principalmente los hombres y que en el caso de las mujeres tiende a confundirse con el segundo, hurtándoles ese espacio para sí.
No el espacio público como tradicional de lo productivo y masculino, ni tampoco el doméstico ubicado en los cuidados y demás tareas que mantienen la vida o, femenino. Hablamos del universo propio para estar presentes y conectadas con nosotras, para ser conscientes de cómo queremos amar, de cómo deseamos que sean nuestros encuentros eróticos y/o románticos. Con quién o quiénes, de qué manera, cuándo, cómo creamos intimidad, nos intercambiamos, construimos nuestra erótica…y, para ello, necesitamos de espacios a solas y compartidas, paralelos al determinismo genérico que ofrece 43 horas semanales al cuidado de los hijos y tareas del hogar (respecto a las 28h de los hombres).
Espacios y tiempos que germinamos como propios gracias a mentoras como Virginia Wolf, y que, un feminismo cada vez más diverso y nutrido nos impulsa a desear mucho más allá de una única habitación.
Un movimiento que nos hace estar y salir del cuerpo, escucharlo atendiendo a sus ganas. Una fuerza que torsiona las historias de los cuentos de siempre donde, en verdad, no fuimos sempiternamente felices y comimos perdices. Una mirada que nos permite ver historias de carne, de afectos, de descubrimientos y, también de dolor, incomprensión, rabia…donde se rompe el cuerpo y la desesperación ahoga por no ser “correspondida”.
Marcela L. nos advierte de una falla cual obstáculo que, al unirse en un sistema que proyecta espejismos de cierta igualdad, sólo aparentase una versión más formal que real para hacerlo. Causa de construir relaciones desde la falsedad horizontal, “con quienes están objetivamente apoyados en jerarquías no reconocidas y ventajas múltiples de género. Cultivamos anhelos sobre seres cuya imagen percibimos distorsionadas entre velos” – en lo que a modelos heteronormativos se refiere -. Claro, consensuar unos modos consentidos, que no deseados, simplifica en exceso los compartires beneficiando eternamente a una misma parte.
Explorar, sentir como propia la capacidad de amar y vivenciar nuestra sexualidad como, además, ese conjunto de mínimos que refería es, imprescindible. A la vez de tremendamente movilizador para encontrarnos en nosotras mismas y con otras. Estableciendo nuevas rutas que reconozcan los olores, las luces, los ritmos, las cadencias, las texturas o sabores en los que somos las que gozamos, solas o en compañía.
Exponiendo las entrañas, ofreciéndonos la piel y desbloqueando el cuerpo. Despertando en el amor, el sexo y la sexualidad desde las peculiaridades y los matices, desde los que nos sentimos y, sobre todo, SOMOS.
En busca de este renacer y descubrir los entramados de este tapiz dejo a María Zambrano, una mujer que me alumbra en las horas más oscuras, cuando te has despistado de ti y de lo que quieres…
«(…) al no haber podido morir, sentía que tenía que nacer por sí misma(…)»

