Hace unos años llegó Virginia Woolf para sacudirme en mi infinito letargo. Gracias a sus reveladoras reflexiones de independencia y autonomía, económica y emocional, «Una habitación propia” hizo germinar en mí, y en otras tantas generaciones de mujeres, la duda, la posibilidad, el inconformismo, la frustración y el deseo genuino encerrados, todos, en un cuerpo. Cada página de aquel magnífico ensayo resonaba como una memoria oculta – aún lo hace -, latente, cálida y siempre viva. Sin embargo, hoy viaja hasta mí por otra inquietud cocinada a fuego lento, tras más indagaciones, tras más libros, tras más años. Tras sus propias palabras:
“Una mujer nacida con un gran talento en el siglo XVI se hubiera enloquecido, se hubiera tirado un balazo, o hubiera acabado sus días en una choza solitaria, fuera de la aldea, medio bruja, medio hechicera, burlada y temida. Porque no se precisa mucha habilidad psicológica para saber que una muchacha de altos dones que hubiera intentado aplicarlos a la poesía, hubiera sido tan frustrada e impedida por el prójimo, tan torturada y desgarrada por sus propios instintos contradictorios, que debía perder su salud y su cordura”.
Todo lo expuesto, es cierto. Son indisociables las alternativas que facilita un espacio suspendido en el tiempo, y otros recursos, con la capacidad de crear. Pero, ahora, se me antoja insuficiente con tantas trabas patriarcales y capitalistas aún por delante. Me explico.
Para que fluyan esas ideas, metáforas, rimas, poesías, novelas o ensayos en toda su magnificencia de matices dramáticos, filosóficos o científicos necesitamos poder habitar nuestro propio cosmos. Es decir, a ese lugar tangible en el que prolifera todo un universo hay que añadirle más; tengo esa rabiosa desazón desde hace un tiempo, sí. Unir al lugar propio los pasos heredados de nuestras ancestras, con los que mapear el origen, el dolor, el placer; una tierra en la que enraizar con amor, compasión y confianza hacia nosotras mismas.
Me refiero más concretamente a la sabiduría, a la historia que no nos contaron, a los conocimientos expropiados, a las palabras, a los relatos de mujeres a las que estamos conectadas, y que, fueron borradas. A la identidad configurada con manos de alquimista mezclando sentires y pensares, sueños y anhelos.
En definitiva, necesitamos neuronas libres, revolucionarias y unidas en la maravillosa labor de la creación de conexiones nuevas y, al cuidado de las antiguas. Una forma para explorar los caminos que nos llevan a nuestro cuerpo, a su voz, a su silencio. Sin esto, para mí, la habitación terminaría siendo una cárcel de ornamentados papeles pintados propios de la época. Vacía de sentido y sensibilidad.
Y, es que, una se empeña, se entrega mucho, muchísimo diría yo, en sacar de dentro ese ser verdadero que somos. El que sientes bajo la piel, el que amas y sufres al mismo tiempo mientras se acelera el corazón o, el que explota de ira cuando se ciega. Por otro lado, de forma constante crees que para qué, que no sabes, que no serás capaz, que no eres suficiente o, más bien, tu impostora lo hace por ti. Aunque, sea dicho de paso, el patriarcado también trabaja para ello, no creas. Se asegura de convencerte de que no eres digna de ser amada, que tu valía la marcan ellos, que “calladita” estás más guapa o, que fantaseas con imposibles a cualquier juicio ajeno, y, por ende, con más criterio que el tuyo. Básicamente, moldean que debes creer, quién debes ser.
Y para muestra de esta trampa mortal, sólo tenemos que ampliar un poquito los horizontes del conocimiento sesgado hacia el privilegiado y, rebuscar entre brillantes investigadoras que nos plantean otros génesis. Tenemos algunos ejemplos que deseaba acercaros. El primero, pone el foco en los orígenes de la humanidad, como bien explica Marylene Patous-Mathis (prehistoriadora francesa entre otras cosas), sobre su obra «El hombre prehistórico es también una mujer», nos decía:
“Las mujeres prehistóricas no se pasaban el día barriendo la cueva! ¿Y si resulta que también pintaron Lascaux, cazaron bisontes, tallaron utensilios e idearon innovaciones y avances sociales? Las nuevas técnicas de análisis tecnológicos de los restos arqueológicos, los recientes descubrimientos de fósiles humanos y el desarrollo de la arqueología de género han cuestionado muchas de las ideas y clichés heredados.”
En consecuencia, por orden divino o por naturaleza, se ha pervertido la historia de las mujeres y la de todo lo que tuviera que ver con ellas. Procesos, logias, enfermedades, conductas, gustos o necesidades escritas por un Dios o un científico cuyas palabras consolidaron una inferioridad moral y biológica. Imprescindible, por otra parte, para ostentar los privilegios del mundo, el poder, la dominación y la violencia.
Cuestiones, que otra obra maestra como la de “El cáliz y la espada” de Riane Eisler también desmienten. En esta ocasión, la académica austriaca plantea un marco nuevo basado en evidencias arqueológicas, antropológicas e históricas que argumenta otro origen cultural para nuestra sociedad, desplazando así al modelo de dominación patriarcal como el único posible.
Riane E. continúa explicando, que existe otra alternativa de organización social reconocido como “modelo colaborativo” y sustentado en el poder de la vida, de la crianza (unido al poder femenino) en el que el hombre y la mujer no se subordinan. Sí, increíble ¿verdad? El mundo no siempre ha sido el mismo, en algún momento fuimos libres de jerarquías y el uso de la fuerza para mantenerlas. Uno en el que se veranaba a la Diosa y el rol de la mujer no se construía alrededor de la misoginia patriarcal. No está nada mal.
Y como esta, mil mentiras más criogenizadas en androcentrismos recalcitrantes, por medir el mundo a imagen y semejanza del hombre. Por su universalización y deshumanización del otro.
Por eso se puede disponer de nuestros cuerpos al antojo, hipersexualizarlos desde niñas o, controlar nuestra capacidad de engendrar vendiendo y alquilando la vida. Se nos tacha de putas o santas, se penaliza nuestro propio deseo en cualquiera de sus formas. Y, no digamos el placer. Disfruta, sí, pero sólo lo justo, no sea que descubras que eres multiorgásmica y no necesites a un hombre para gozártelo.
Se nos escinde el clítoris, se nos sigue quemando en la hoguera, se nos marginaliza por menopaúsicas, locas y rebeldes. Cada día el sistema intenta que aprendes cómo deberías ser, cuál es el camino a seguir para evitar un supuesto fracaso que tiene más de casitas, parejas monógamas e hijos que de ser tu misma, libre.
Así, es como haces del amor al otro tu proyecto de vida en lugar de un extra que enriquece tu existencia. Ineludiblemente, te pierdes entre ambivalencias, distorsiones, incertidumbres e insatisfacciones para encontrarte siempre en el mismo punto, siendo el objeto de una existencia ajena a la tuya.
Te llenas el cuerpo, y sobre todo la mente, de ideas, estereotipos y roles que dictaban tu papel subordinado en este mundo, cuando la única que tiene algo que opinar sobre ti eres tú misma -sin más-. Poder alejarte de esas voces afiladas y acuciantes es de lo más complejo que enfrentamos como mujeres. Copan el espacio mental con auténticos dramas de los que, como agujeros negros, nada ni nadie puede escapar; culpa la llaman.
Algo que anestesia y avergüenza, bloquea e inmoviliza como una niebla espesa. Una fuerza que frena, que no me deja pensar, que roba la capacidad para hacerlo con lucidez, que te cala de «virginales» y «pecaminosas» intenciones.
El daño es constante e insidioso. Perfora y lobotomiza el cerebro de aquellas partes que nos permiten elegir, secuestrando cada una de esas neuronas “libres” que ahora son presas más que nunca del mito, del maltrato y de la falta de compasión.
Por eso es tan importante escribir, escribir y volver a escribir, una y otra vez. Para vernos, para drenar, para encontrarnos en las palabras propias y de otras. Para denunciar y colectivizar los saberes, utilizarlos a nuestro antojo, iluminando nuestros poderes vitales y elevar a la conciencia que juntas esto #seacabó.
Y fronterizas, en este punto concreto, no puedo por menos que enunciarnos desde el feminismo. Desde esa fuerza que aparece para sostener, con todas sus diversas ramas y enarbolando grandes valores comunes, a cada una de nosotras. Tal y como inicia Virginie Despentes “Teoría King-Kong» “(…) para las feas, las viejas, las camioneras, las frígidas, las mal folladas, las infollables, las histéricas, las taradas, todas las excluidas del gran mercado de la buena chica”. Para todas.
Porque sí, si nos acercamos a otras, si intentamos construir una red de vida, cuidados y aprendizajes, será una realidad lo que nos recuerda Ana Requena en su maravilloso“Intensas”:
“(…) unir a las mujeres mediante la compresión de los fenómenos que viven y de los problemas que sufren. Unirlas en el grito y en la búsqueda de soluciones, unirlas con otras para sean capaces de contextualizar sus vidas dentro de una estructura que las supera. Así como llega la comprensión, la lucidez, la desculpabilización, la sensación de sentirse acompañada frente a la soledad y el aislamiento”
Sí, eterna Virginia, una habitación y dineritos para construir proyectos. Pero, si me permites la osadía, maestra, también una mente propia para ser una misma en paz y tranquilidad, alejada del sufrimiento, de las guerras contra y entre nosotras. Un universo en el que cada estrella y cada constelación o galaxia sea una reunión de nuestras pioneras, de esos linajes que nos trajeron hasta hoy.
Por eso y mucho más, gracias siempre querida Virginia.

