Viviendo el sexo en «modo» femenino.

Creo que una de las preguntas más difíciles que me han hecho en mi vida es: ¿qué significa – para mí- ser mujer? Y lo sé, porque casi siempre tengo bien afilada la lengua ante cualquier cuestión que se prensenta, aunque sólo sea para admitir que no tengo ni pajorela idea. Pero, en esta ocasión, no pude ofrecer otra cosa que no fuera silencio y angustia por más ardor que me inyectaba, sí.  Porque… ¿Cómo era posible no tener respuesta para algo en lo que llevaba ocupada tantos años?!soy mujer desde que nací! ¿no?

Lo hice con un par de tetas, una vagina entre las piernas; había jugado a ser mamá hasta que la ahora reformulada Barbie estereotípica me permitió soñar con otros destinos vitales; me gustaban los chicos desde que recordaba; siempre estaba preocupada por los demás y, podía gestar una criatura… ¿qué otras cosas podrían significar ser una mujer? 

Para ayudar con la escenografía y el contexto, compartiros que yo tendría como unos 28 años (10 menos que ahora) y, estaba intoxicada con altas dosis de amor Disney – incompatibles con la supervivencia humana-, así como convencida hasta el tuétano de que no era nadie si antes un hombre no me lo había reconocido.

Más en detalle, explicar que estaba estudiando en la Fundación Sexpol. Deseaba ser Educadora sexual cuando, sin esperarlo, me sorprendió el principal objetivo de esta aventura que, no era albergar memorísticamente conceptos, sino explorar sobre mis propias actitudes, sentires y vivencias entorno a mi ser, a mi sexualidad. Una experiencia que, por sorpresa, aunque yo no lo vinculara entonces, era siempre sexuada. 

Poco tiempo antes había coqueteado ya con la teoría feminista, con la construcción del género, con el proceso de socialización empapado en mandatos, estereotipos, valores, símbolos o creencias dominantes de una cultura occidental, machista y patriarcal…En definitiva, empezaba a sospechar que la respuesta a esta pregunta no iba a estar exenta de sesgos – inconscientes e interiorizados -, que resonaban mucho con aquello de «No se nace mujer, se llega a serlo» de Beauvoir.

Y es que claro, ser mujer tiene mucho más que mera biología y genitales. Tiene mucho de psicológico y de social, de cultura y política. Tiene unos colores si y no otros, tiene pendientes en las orejas al nacer, tiene debilidad presupuesta, emocionalidad desbordante y patológica, menos fuerza y confianza, infravaloración, pasividad, cuidados por doquier o validación ajena. Ahí es nada. 

¡¡¡Ostras!!! Con toda esta retahíla, se podría inferir que eso de ser mujer le pertenecía más al afuera, a la sociedad en la que me había desarrollado, al patriarcado que me acunaba desde niña, que a mí misma… ¡por eso no me salía nada de la boca! Mi papel estaba definido y subyugado de antemano a la otredad en cuanto a lo que identidad se refería, cómo no quedarse literalmente en blanco. Y resalto lo del “en blanco”, ya que, entre otras cuestiones, aun así, mi piel me confiere cierta protección, un marco teórico distinto que, a otras, además de lo expuesto, las oprime hasta desfigurarlas por completo. 

Claro parece que mi sexualidad, la vivencia de mi ser sexuada, es imposible que haya sido alguna vez plena, al servicio de mi goce y placer. Bueno, cuando podemos siquiera hablar o pensar en ello. Por otro lado, bien es cierto, que me he observado con frecuencia desnuda frente al espejo, me he masturbado, conectado con mi cuerpo y su disfrute desde niña (algo que no sucede siempre).

Algo, que me dio la capacidad de buscar el placer propio y compartido en mis encuentros eróticos desde el principio. Aun así:

he mantenido relaciones sin deseo – sin anhelo por el otro -, sólo para conseguir cubrir mis necesidades de afecto. Como cebo para mantener el interés y no quedarme sola, para satisfacer al otro. Una sexualidad muy permeada, a su vez, por el miedo al embarazo, a las ITS, y a la vergüenza – ya sabéis que la moral judeo-cristiana también se mete en nuestra cama controlando todo lo que puede-. 

Lo que si fue certero, es que profundizar en todo esto, más aunarlo con lo que de verdad significa el sexo, la sexualidad o la erótica que descubrí en la escuela, me permitió seguir desenmarañando la madeja sobre este interrogante aparentemente tan sencillo. Por fin, empezaba a enraizar las primeras palabras. 

Y es que, cuando hablamos de SEXO, desde la sexología, hablamos de sexuación, de proceso, de lo que cada persona es y cómo, de valor y riqueza. Y claro, dentro de los que somos se encuentran (entre otras muchas cosas) nuestra identidad sexual, nuestra orientación, nuestros deseos, límites, preferencias sexuales, lo que disfrutamos, nuestras preferencias de vida, gustos, cómo nos expresamos…en definitiva, EL SEXO ES TODO LO QUE CONFORMA QUIENES SOMOS EN VERDAD

Y, explicado así, consigues entender que como mujer, como modo de habitar este mundo, performateas constantemente, cambias y evolucionas sin tener por qué ser hoy la misma que dentro de 5 años. De hecho, es fascinante y liberador. La sexualidad no permanece siempre igual aunque siempre este ahí.

Por eso mimo, descubres el permiso de explorar lo que sientes y necesitas en cada momento y, satisfacerlo. A pesar de que, aun con todas esas posibilidades de ser mujer, el sistema se obstina en homogenizarnos bajo una forma única y rígida para todas. Eliminando los matices y sus peculiaridades, reduciéndolo todo a la misma mentira .

Mujer como objeto sexual sin deseo, que existe para el otro. Siempre fiel y monógama, puta o santa, carcomida por la culpa en sus diferentes formas. Dependiente, frágil, sumisa, víctima. Lejos de cualquier culto o divinidad y, por supuesto, sin agresividad. 

Vaya respuesta más triste, sí. Acabamos configuradas como un grupo homogéneo que propicia ser sustituibles y altamente controlables. Una amalgama de mujeres con expectativas idealizadas de una vivencia sexual sin más recorrido que el normativo masculino.

Además, si añadimos a esto una época que hace culto a la capacidad de producir sin parar, resulta tremendamente complejo tener siquiera algo de tiempo para reflexionar en ello. La convicción del modelo vigente es tal que, sin necesidad de coacción externa, nos convertimos en víctimas y verdugos de nosotros mismos.

El cuerpo se define como una máquina de alto rendimiento, no como un templo de sensaciones ni una caja de resonancia que nos permite percibir, sentir, contemplar y disfrutar el mundo” que dice Mireia Darder. 

Mientras tanto, es probable que para volver a conectar con nosotras – aunque no recordemos siquiera cual es esa sensación -, tengamos que pedir ayuda a nuestras ancestras, a las que ya estuvieron allí. Las que ya depositaron su sabiduría en nuestra carne, y que, si liberamos nuestra sexualidad encuentran la fisura por la que colarse.

Es decir, atreverse a investigar, a explorar, a jugar a través de los sentidos para conectar con el instinto, con el placer infinito, con la consciencia plena, con la diosa que nos habita. Con el origen, con la naturaleza que nos abra el camino al deseo sexual…en la medida que podemos sentir, percibiremos las señales que manda el cuerpo. 

Cuestiones muy relacionadas con cuidarse, con mirar hacia dentro y no tanto hacia afuera.  Con reunirnos para multiplicar la fuerza y la energía y, perder el miedo a romper hábitos y dejar de mantener conductas nocivas para nosotras. Cuando nos juntamos es más fácil entender que esta definición hegemónica de mujer está elaborada para nuestra invisibilización, ninguneo y violencia, para no romper el estatus-quo.

Si nos fragmentan, es más fácil que pienses que todo es responsabilidad tuya:

haber alzado la voz porque es la vez número 1000 que intentas que te tomen en cuenta, estar “loca” porque vives una situación de ghosting, tener peor humor esos días premenstruales, no ser eficiente a todas horas, ser profesional pero no demasiado para no intimidar, ser egoísta por disfrutar de momentos después de una doble o triple jornada o, no querer tener un encuentro erótico porque estás exhausta. Todo esto mata el placer y domina nuestras vaginas. 

Ciertamente, así es imposible aprovechar las más de 8000 terminaciones nerviosas de un clítoris cuya anatomía no fue descrita hasta 1998 por la uróloga Helen O’Connell, abrazar lo sagrado de ser mujeres sexuales, cíclicas y poderosas o, entregarnos al amor sincero, mutuo y colectivo. Toda una sinrazón orquestada por un único modelo de sexualidad válido y aceptado por el androcentrismo que ha escrito la historia, el que nos aleja de nuestros logros, nuestros cuerpos y sensaciones. El que bajo su norma restringe nuestra erótica propia. 

Si, hoy me (re)encuentro con esta pregunta y me siento más preparada para contestar. Ahora soy consciente de la singularidad que supone ser mujer. De las tantas formas que existen como personas así lo sienten. De su construcción permanente sometida a las resistencias en la frontera entre el ser sexuada y la pretendida, modelada y forzada por desigualdad.

Ser mujer…bueno, ser una mujer libre y plena es una revolución, un relato que se está viviendo y narrando desde hace apenas unos años. Son versos de poesías amargas y desgarradoras escritas en habitaciones oscuras donde se evoca a la memoria violentada y borrada para encontrar respuestas. 

Somos una metamorfosis, un crisol de emociones, vivencias, sentires y pensares. Es sexualidad perpetua, cuerpo presente, placer constante, éxtasis, fuerza, cobijo, vida y espíritu. Es sororidad, manada, sostén y ternura. Naturaleza salvaje e infinita, colores diversos y texturas divergentes. Aromas intensos, raíz, tierra húmeda, frontera y herida. La misma que supura una y otra vez la rabia prohibida, la voz silenciada, el amor sincero, libre, eterno y disidente. 

Y para ti, ¿Qué es ser mujer? 

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